| Prensa Teatro Colón /Arnaldo Colombaroli. |
Medio online escrito por el crítico Pablo Bardin, acerca de la actividad musical clásica en Buenos Aires, Argentina.
viernes, julio 27, 2018
Pianista Veterana Notable, Cámara Interesante
miércoles, julio 18, 2018
Dos cumbres: Requiem de Verdi y Misa solemne de Beethoven
Quiso la casualidad que en dos días consecutivos se escuchen dos cumbres del repertorio sinfónico-coral: el 3 de julio la Misa de Requiem de Verdi en el Colón y el 4 la Misa Solemne de Beethoven en el CC exCorreo. Verdi fue parte del breve ciclo iniciado con el Stabat Mater de Rossini y que combina a la Orquesta Estable del Teatro (en este caso dirigida por Enrique Diemecke) con el Coro Estable, paliando así la sempiterna ausencia de coros en la Filarmónica. Si bien habrá otro Rossini, la Petite Messe Solennelle, con el Coro Estable, esa obra no requiere orquesta. La Misa Solemne se repitió el 6; Carlos Vieu dirigió la Sinfónica Nacional y la unión del Coro Polifónico Nacional dirigido por José María Sciutto y del Coro Nacional de Jóvenes preparado por Pablo Banchi. Cualquier melómano avezado conoce bien estas misas de inagotable belleza pero como sucede con las grandes obras maestras, uno descubre cosas nuevas cada vez, meramente escuchando; siguiendo las partituras que tantas sorpresas me revelaron en el pasado encontré nuevos detalles que no había registrado y que enriquecieron mi placer estético. No fueron versiones memorables pero sí tuvieron la suficiente calidad que exigen ambas creaciones para ser inteligibles y llegar a la sensibilidad del oyente.
MISA DE REQUIEM, DE VERDI
Siempre estarán (conozco muchos) los que rechazan al Requiem verdiano por considerarlo demasiado operístico y teatral; acepto la objeción: en efecto no es música de iglesia. Pero sí es de una alta espiritualidad y profundamente conmovedora; y musicalmente está a la altura de las mejores óperas verdianas. Si bien el planeado tributo a Rossini por múltiples compositores no se concretó, Verdi escribió el "Libera me" final ya en 1869; en 1874 estrenó la "Messa da Requiem per l´anniversario della morte di Manzoni" en Milán, primero en una iglesia y luego en La Scala; y al año siguiente reescribió para la mezzosoprano el "Liber scriptus", originalmente para coro; esto fue en Londres. Ese mismo año se estrenó el Requiem en el Teatro de la Ópera en nuestra ciudad. Su popularidad nunca decayó y con razón: tan variada, magistral e imaginativa música permite el máximo lucimiento a solistas, directores, coro y orquesta. Y tolera enfoques muy distintos, como lo demuestran algunas versiones famosas grabadas: la tan refinada y sin embargo grandiosa de Giulini con Schwarzkopf, Ludwig, Gedda, Ghiaurov, con la Philharmonia de Londres (1964); la italianísima de Serafin con Caniglia, Stignani, Gigli, Pinza, de Roma (1939); Karajan la grabó varias veces y me quedo con la de La Scala de 1967: Price, Cossotto, Pavarotti, Ghiaurov; De Sabata (1954), con Schwarzkopf, Domínguez, Di Stefano, Siepi, La Scala; y Toscanini (1940) con Milanov, Castagna, Björling, Moscona, con la NBC. Además de grabaciones de Reiner, Solti, Muti, Abbado, Barbirolli, Gardiner, Fricsay, Barenboim (no las conozco todas, por supuesto): en mi catálogo CD RER del año 2000 cuento 42 grabaciones (algunas además reeditadas varias veces) de estudio o de teatro, con cantidad de grandes cantantes. Impresionante.
Para cuando Verdi lo compuso había escrito "La Forza del destino" (1862), revisado para París "Macbeth" (1865) y para Milán "Don Carlo" (1867); "Aida" sobrevendrá en 1872. La Italia unificada garibaldina ya existía, los Estados Papales desaparecieron, y Cavour pidió que Verdi fuera miembro del primer parlamento; lo fue hasta 1865. La opinión de Frank Walker en Grove sobre el Requiem merece ser reproducida y la creo vigente. "El texto es el más soberbiamente dramático que Verdi haya puesto en música. La maestría técnica es absoluta en el manejo de los solistas y el coro, y en la orquestación, que tiene tremendo poder y énfasis cuando es requerido, pero también puede ser tan límpida como Mozart. El río de invención melódica nunca falla y es de la más alta calidad. Además logra un dominio magistral de la forma, de poder constructivo en la escala más amplia. El camino de desarrollo intelectual está trazado y llevará a ´Otello´ y ´Falstaff´". Puedo agregar que no conozco otro caso de un músico que haya logrado un tan extraordinario progreso desde la juventud a la ancianidad.
Debo admitir que no tengo grandes recuerdos en vivo del Réquiem; lo mejor fue la versión de La Scala con Barenboim en esa visita donde también hizo "Aida" en versión de concierto. Recuerdo mi sorpresa ante el buen trabajo de Grace Bumbry pero no como mezzo sino inesperadamente como soprano. La que me ocupa no llegó a ese nivel pero fue buena, y eso no es fácil de lograr en esta obra. Como se sabe, no me gustan las palabras que Diemecke dirige al público, y prefiero dejarlas de lado. Pero una vez que empezó a dirigir emergió su indudable talento: una memoria prodigiosa, un dominio técnico que le permite coordinar pasajes muy difíciles (fue notable el Sanctus a doble coro); pero también silencios y rubatos excesivos, y un regodeo en los fortissimi que en el Dies Irae lo llevó a indicar golpes de bombo estrepitosos. Sin embargo globalmente la obra funcionó, con una orquesta que ofreció momentos de gran belleza tímbrica (el oboe) o la sólida afinación de los violoncelos en pasajes peligrosos; sólo molestaron algunos pasajes inseguros de trompetas en esa interrupción bélica del "Libera me". El coro volvió a mostrar el resultado del hábil trabajo de Miguel Martínez, que sabe lograr matices "piano" y ataques firmes en momentos cruciales.
Es raro tener un cuarteto de solistas que pueda alcanzar muy alto rango y nadie estuvo en el nivel de gran cantante, aunque tampoco hubo mediocridad, aunque sí pasajes desparejos. La soprano uruguaya María José Siri ya tiene décadas de carrera y ha venido varias veces tanto al Colón como al Argentino, pero ahora hubo un largo hiato durante el cual siguió desarrollando una carrera europea muy honorable. Me volvió a parecer una artista de mérito pero variable, con frases donde luce notas timbradas y gratas en el registro central y en los la y sib agudos y otras donde se destimbra o su afinación sufre. No abundan en la actualidad las sopranos latinas de relieve. María Luján Mirabelli, tras varios años en los cuales se la escuchó espaciadamente, cantó el año pasado una notable madre en el estreno de "L´Arlesiana" de Cilea en el Roma de Avellaneda, y recientemente hizo una encomiable Amneris en "Aida" en el Colón. Volvió a estar en buena voz y estilo en esta ocasión, con momentos de mucha sensibilidad. En años recientes se ha escuchado al tenor Darío Schmunck con su registro de auténtico tenor de grato sonido y agudos seguros, y aquí lo refirmó: su canto fue limpio y sano. Fernando Radó figuraba en el folleto anual como bajo; fue reemplazado por el georgiano Goderdzi Janelidze (debut). Por un lado lamenté no escuchar a nuestro mejor bajo, pero el georgiano resultó ser una figura a considerar hacia el futuro, especialmente si Diemecke se decide a recordar el repertorio ruso. Estudió con Bruson y Fassbaender y en plena juventud es miembro del Bolshoi desde el año pasado, donde hace repertorio ruso, italiano y francés. Es una voz poderosa de registro completo y cantó con musicalidad; el timbre resulta muy ruso y a veces algo duro y no siempre fue suficientemente expresivo, pero puede desarrollarse con años de experiencia; el potencial está.
MISSA SOLEMNIS.
Beethoven tardó cinco años en componer esta partitura enorme y extrema: de 1818 a 1823. Ya había escrito la Misa en Do Mayor, bastante más corta y tradicional, en 1807. Dedicó la Solemnis al Archiduque Rodolfo al entronizarse como Arzobispo de Olmütz (en la actualidad Olomouc, Chequia); recuérdese que en esa época los nobles católicos podían poseer poder temporal y religioso. Pero la magnitud de su concepción fue tal que la Misa no estuvo lista en fecha (Marzo 1820); recién la terminó en 1823 y fue estrenada en una ciudad que nada tenía que ver con Austria: San Petersburgo (Marzo 1824). La publicación se fue demorando y finalmente fue póstuma (meses después del fallecimiento del compositor en 1826), por Schott´s Söhne. Corresponde totalmente a las características de una gran misa católica, como la de Bach; y como ésta, es demasiado larga y compleja para ser dada en un servicio religioso. Por ende, normalmente se las ejecuta en salas de concierto.
Beethoven había estudiado profundamente las pautas de la música litúrgica, pero su temperamento innovador y perfeccionista hizo que el trabajo fuera lento aunque ordenado, parte por parte. Dominador audaz de la armonía y el contrapunto, también expandió la orquestación, incluyendo trombones, contrafagot y órgano. Hermann Deitres escribió: "Beethoven tuvo una profunda comprensión de los textos; los solistas cantan todas las expresiones subjetivas de los sentimientos; el coro representa a la congregación, repitiendo lo cantado por los solistas y dando las creencias y alabanzas de la comunidad ideal". La obra representa el "estilo trascendental" de los últimos años beethovenianos, como los últimos cuartetos y las cuatro sonatas pianísticas finales. No hay música más metafísica en esa etapa de la historia. Para entonces el compositor estaba completamente sordo y su música tiene un grado de abstracción que a veces no tiene en cuenta que las dificultades pueden ser excesivas, aunque los grandes intérpretes logran dominarlas: la gigantesca fuga de la Sonata Nº 29, la todavía más ardua Gran fuga para cuarteto, o la insistencia para las sopranos en la Solemnis en los La y Sib agudos son instancias evidentes de lo dicho. Y en el caso del coro el problema es mayor, porque todas las sopranos tienen que poder hacerlo; en este caso, un total de 35.
El Kyrie inicial está marcado "Mit andacht" ("Con recogimiento") y la dulce línea de la soprano solista suplementa al coro en un noble tema muy melódico; el Christe eleison es un "Andante assai" con la aclaración "ben marcato", y si bien el ritmo se hace más fuerte en la palabra "Christe", le contesta la melodía del "Eleison", fluida y en grados conjuntos, e imitadas ambas palabras, que pasan de voz solista a voz solista; poco después el coro entra y hace lo mismo; con el Tempo I vuelve el Kyrie, cada vez más sereno y pp en el canto coral.
El Gloria, con otro lenguaje, es tan imponente como el de Bach. El poder ascensional del "Gloria in excelsis Deo" coral, seguido por valores largos en "et in terra pax", contrapunto en "laudamus te", fugato en "glorificamus te". "Meno allegro", entran los solistas en "gratias agimus tibi", luego complementados por el coro. El Tempo I nos trae el vigoroso "Domine Deus, Rex Coelestis" coral, antes de entrar los solistas, más tranquilos en "Domine fili unigenite"; pero pronto vuelve la garra del coro en "Jesu Christe, Domine Deus". "Larghetto", los solistas cantan "Qui tollis, peccata mundi", imitativo, retomado por el coro; vuelven a alternarse en "Suscipe" y llegan a la angustia en "Miserere nobis". Poderoso y rítmico el "Allegro maestoso" coral del "Quoniam", que lleva a la colosal fuga en "In gloria Dei patris"; eventualmente se unen los solistas, y contrastan sus "Amen" con los corales "Cum sancto spiritu". Más rápido y en 2/2, contrapunto de "Amen" solista y retornos de "in gloria Dei" solista con "Quoniam" coral, pero el coro luego retoma con tremendo ímpetu "in gloria Dei" y proliferan los "Amen" solistas y corales hasta llegar al Presto en ¾ que vuelve al "Gloria in excelsis Deo" con el cual se había iniciado toda la sección, ahora llevado a un climax prodigioso. Y durante todo el Gloria, un diálogo con la orquesta que conlleva un cambio emocional cada vez más profundo.
Como bien dice Max Unger, las primeras cuatro notas del Credo se graban en los oídos ya desde el tercer compás. "Luego, con maravillosa expresión y percepción, se van sucediendo una serie de visiones: la profunda y trascendental "et incarnatus est", el sombrío "sepultus est" que lleva a seis alegres compases "a capella": "et resurrexit"; y luego, "et ascendit in coelum". El "sepultus est" que lleva a seis alegres compases "a capella": "et resurrexit"; y luego, "et ascendit in coelum". Tras el variado "Credo in spiritum sanctum", "el movimiento termina con una fuga que se inicia con ´et vitam venturi´ en el Allegretto ma non troppo (3/2) y es difícil decir qué despierta más admiración: la cualidad etérea, la maestría polifónica o la perfecta mezcla de inspiración y desarrollo intelectual. Un último Amen en pp nos lleva a las regiones celestiales".
El Sanctus es lento y devoto inicialmente, pero lo sigue una Fuga rápida exaltada en "Pleni sunt Coeli". El Osanna, Presto, es imitativo y breve. Sobreviene un Praeludium lento antes de la belleza melódica del Benedictus con amplio solo de violín, "Andante molto cantabile", donde los solistas (a veces apoyados por el coro) tienen amplia posibilidad de expansión expresiva, sobre todo la soprano, que llega al Do agudo. Y si bien retorna el Osanna, sucede algo extraño: también retorna al final la ternura del Benedictus y el violín solista, pero esta vez el coro es el que canta.
El Agnus Dei es extenso y controversial, ya que el Beethoven pacifista interrumpe el sentimiento religioso con trompetas bélicas, pero éstas son vencidas y en el final impera la paz y la unión con Dios. Si la trompeta en "Fidelio" significa lo contrario (el fin de la tiranía de Pizarro con la llegada de Don Fernando), aquí son ominosas. Se inicia Adagio con una serena frase ascendente del bajo solista acompañada por coro; luego se añaden tenor y mezzo con "Miserere" y la soprano se une a los otros tres en "Agnus Dei". Cambia a Allegretto vivace en 6/8 el "Dona nobis pacem" coral amplio y noble. En "Allegro assai" y 4/4 y precedido por las trompetas bélicas vuelve el Agnus Dei en recitativo angustiado de la mezzo y del tenor, y en Tempo I y 6/8 el "Dona nobis pacem"; se unen bajo y soprano. Con el mismo texto sigue una poderosa fuga coral, y luego sólo "pacem" en largas frases de coro y solistas. Inesperadamente aparece un Presto instrumental tenso, contrarrestado por la insistencia posterior de todos en la palabra "pacem" en extenso desarrollo; los últimos compases rotundamente afirmativos de la orquesta no dejan lugar a dudas: la paz triunfa. Conviene señalar que el órgano sólo apoya durante toda la obra, pero acentúa el carácter sacro, y cuando el instrumento es el poderoso Klais de la Ballena, sin duda enriquece una orquesta que de por sí ya es de envergadura poco común en la época.
Y vuelvo a citar a Unger: "Con esta obra, la más grande que compuso, llegó Beethoven a la cima de su expresión como artista y como ser humano".
Hay una controversia con respecto a la acústica de la Ballena, que va desde el entusiasmo de Barenboim (que lo llevó a pedir que los conciertos de este año de la Orquesta de la Staatsoper de Berlín se hagan allí y no en el Colón) a la opinión de un melómano muy avezado, que la considera mala. Yo estoy en el medio de estos extremos: la creo desequilibrada porque los bronces siempre dominan y producen estridencia, pero también me parece que varía mucho según la ubicación del público; en varias ubicaciones muy a la derecha o a la izquierda y además demasiado cercanas a la orquesta el resultado me molestó bastante, y a veces observé que si un solista se coloca al bies con respecto a la sala pierde proyección. Pero esta vez estuve en fila 9 y justo en el centro, y escuché bastante bien. Y debo decir que aunque el Colón es sin duda mejor para mis oídos incluso en ciertos sectores problemáticos (son dudosas las plateas cercanas a las gradas que lateralmente suben al nivel de los palcos bajos, p.ej.), y además los distintos cambios que sufrió a través de las décadas para mí han reducido su calidad, sigue siendo una acústica notable, mejor que la de la Ballena. Y esto viene a cuento porque en esta obra los fortissimi beethovenianos son explícitos y debe esperarse un sonido de impactante volumen cuando una orquesta a pleno y un coro total de 130 voces se unen en determinados momentos. A mí me conmovió profundamente porque la versión fue seria y lograda.
Claro está que cualquier melómano, profesional o amateur, a partir de la adultez tiene parámetros para las grandes obras, y éstos pueden ser grabados o en vivo. Los grabados para mí son: las dos de Klemperer (1951 y 1965), especialmente la segunda: Söderström, Höffgen, Kmentt, Talvela, New Philharmonia; dos de Karajan: 1959: Price, Ludwig, Gedda, Zaccaria, Filarmónica de Viena; y 1974: Janowitz, Baltsa, Schreier, Van Dam, Fil. De Berlín; dos de Toscanini: 1940: Milanov, Castagna, Björling, Kipnis, NBC; y 1953: Marshall, Merriman, Conley, Hines, NBC; y Bernstein: 1978: Moser, Schwarz, Kollo, Moll, Concertgebouw. ¿Cuáles prefiero en conjunto? Las segundas de Klemperer y Karajan, más severa y granítica la de Klemperer, más equilibrada y poderosa la de Karajan y a veces más refinada. Pero todas son notables. Por supuesto no las conozco todas: hay dos de Colin Davis, dos de Solti, una de Kubelik, Levine, Böhm, Giulini, Ormandy, Masur. Las hay históricas de Beecham, Walter, Koussewitzky, Schuricht. Krauss. Y las hay de especialistas corales: Rilling, Harnoncourt, Gardiner, Shaw. Un total de 35 según el catálogo RER de CDS del año 2000. O sea que la discografía ha rendido múltiple honor a esta obra fundamental.
Y están mis parciales recuerdos de versiones en vivo. Una fue excepcional y tiene su anécdota: la de Bernstein en Viena, con la Filarmónica de Viena en el Konzerthaus, Esto ocurrió el 26 de junio de 1969, cuando se desarrollaban simultáneamente dos importantes Festivales: las Wiener Festwochen (Semanas Vienesas de festival) y la Prazske Jaro (Primavera de Praga). Yo fui invitado como Observador al Festival praguense, que rendía homenaje ese año a Janácek, y así ví la mayor parte de sus óperas, pero además muchos conciertos. El Dr. Antonio Pini era agregado de negocios en la Embajada Argentina y luego trabajé con él en el Colón cuando fue Director Artístico; supo de esta Misa Solemne y logró conseguir entradas; él estaba en Viena y yo en Praga; la noche anterior tomé el tren y llegué a las 9 a Viena; presencié la Misa a las 11 y volví en auto con Pini a Praga esa tarde. Le conté entonces que en 1961 había sufrido una gran decepción cuando en la misma sala Karajan dirigió la Solemne y no pude conseguir entrada…Pero Bernstein estuvo en plena forma y tanto la Orquesta como el Coro de la Ópera de Viena fueron superlativos; además el cuarteto de solistas fue casi insuperable: Janowitz, Ludwig, Kmentt y Berry (todos artistas que estuvieron en el Colón en esa década dorada). Pero hubo dos versiones considerables en nuestra ciudad: la que dirigió Wallberg para la Wagneriana en 1961 con tenor y bajo de lujo (Wunderlich y Böhme) y dos buenas artistas nuestras, Kallay y Souza. Y en 1970 la visita de la Sinfónica de Berlín y el Coro de Concierto de Berlín con la dirección de Weisse y cuatro muy correctos solistas, en especial Probst. Sé que hubo alguna otra interesante más tarde, pero no lo registré.
Considero muy meritoria a la que hoy me ocupa, ante todo porque creo que Carlos Vieu es el maestro argentino más indicado para este gran desafío. Contaba mi amigo Roberto Asseo de Choch días atrás en el Foro Ayache que Vieu y él habían cantado décadas atrás la obra con el Coro de la Wagneriana (posterior a la que mencioné de 1961) cuando Vieu era muy joven, de modo que conoció la obra "desde adentro". Es un artista concienzudo y profundo, ortodoxo en su respeto por la partitura y firme y claro en sus gestos, que comunican con certeza los fraseos a coro, solistas y orquesta. Fue evidente su entusiasmo y amor por esta Misa y dio una versión auténtica, variada y poderosa. Contó para ello con una Sinfónica Nacional muy concentrada y en general eficaz, con sólo alguna desprolijidad de trompetas para consignar. Y tuvo a un violinista admirable, Xavier Inchausti, cuya belleza de timbre y cantabilidad me parecieron de antología. Fue un error no consignar en el programa al organista, ya que su trabajo resultó sólido y positivo. Y Vieu tuvo disponible la unión de dos coros de calidad, con un total de casi 140 voces, imponente. Como consigné más arriba, 35 sopranos que pudieron emitir con seguridad y sano timbre esos agudos riesgosos y numerosos, a veces en fortissimo. Pero todo el coro tuvo profesionalismo y unidad, dando los matices necesarios (señal de la muy competente preparación que tuvieron).
Donde hay algunos reparos es con los solistas, que pasaron el examen aunque sin llegar a los grandes niveles. Resulta cierto sin embargo que esta música exige mucho en todo sentido. Daniela Tabernig está haciendo una importante carrera operística (Rusalka o la Maddalena de "Andrea Chénier") y tiene valiosos medios, pero su fraseo osciló entre momentos bien logrados y comunicativos y otros donde pareció incómoda con la línea melódica. Luisa Merino Ronda cantó correctamente aunque faltó volumen y proyección. El tenor Ricardo González Dorrego es jefe de cuerda del Polifónico y estuvo en muy buena voz; cantó con expresividad y fue el mejor de los solistas. Esperaba más del bajo-barítono Hernán Iturralde; si bien tiene todas las notas de una parte que exige un amplio registro y siempre afina bien, no hubo el volumen y la contundencia necesarios en ciertos pasajes. Sin embargo, la suma total de los solistas, si bien mejorable, se mantuvo dentro de pautas de respeto y adaptación al efecto global.
Hace tiempo que no se escuchaba la Solemnis y agradezco tanto la iniciativa como la seriedad con la que se afrontó el desafío, muy bien recibido por el público, sobre todo considerando que estos conciertos gratis con frecuencia tienen un porcentaje alto de gente que no está en materia y los programas de mano carecen de toda información sobre la obra. Asseo de Choch denunció en el Foro la desidia de aquellos que hacen la reserva por Internet y luego no aparecen; también es cierto que la noche era inhóspita: lluviosa y ventosa.
Pablo Bardin
viernes, julio 06, 2018
LUTOSLAWSKI POR DOS Y VIVALDI FEST
lunes, julio 02, 2018
Mozarteum. Virtuosos contrastantes del piano: Lazic y Lisiecki
En temporadas anteriores el Mozarteum Argentino había presentado en el Colón a dos notables virtuosos del piano: el croata Dejan Lazic y el polaco Jan Lisiecki. Ya me referí al problema que tiene el Mozarteum actualmente con las fechas que le "otorga" el Teatro Colón, y aquí volvió a ocurrir: al no poder dar a Lazic dos fechas continuas (o al menos lunes y miércoles), debió recurrir a cambiar de pianista para el segundo turno; los socios que no están bien al tanto de estas dificultades no entendieron el porqué. Pero teniendo en cuenta mi experiencia al asistir a ambos, me alegro, ya que cuesta imaginar dos virtuosos más opuestos. Están los que lamentaron no ver a Lazic en el segundo turno; pero créanme: ganaron con el cambio. Y sé de amigos que compraron otra entrada porque querían ver a los dos.
Lazic tiene una técnica despampanante, qué duda cabe, y obviamente congenia con Liszt; admiro la técnica trascendental y no niego que es admirable en ese sentido. Pero en los casos en donde pude comparar con otras versiones me quedó en claro lo que a veces le faltó en estilo y buen gusto. Si no recuerdo mal, ésta es su tercera visita y aunque su fecha de nacimiento no figura en el programa (ni cuándo vino), por lo que allí se narra está entre los 30 y los 35 años. Compositor (poema sinfónico "Mozart y Salieri") y arreglador (p.ej, el Concierto para violín de Brahms en versión pianística), frecuente colaborador del director Ivan Fischer, gran viajero, teniendo en cuenta sus inclinaciones musicales no deja de extrañarme que haya crecido formándose en el Mozarteum de Salzburgo; actualmente reside en Amsterdam. Es extraño, no se indica quién fue su profesor principal, y como su mecanismo es tan particular creo que desarrolló una manera propia y vertiginosa él solo.
Su programa lisztiano fue muy extraño; lo llamó "Vida, amor y eternidad". Se inició con tres obras tardías raramente tocadas: la Rapsodia húngara Nº18, S.244/18, la más corta de todas, y las Dos Csárdás (a la segunda le agrega "obstinée") S.225, también breves, las tres piezas tocadas sin solución de continuidad. Conviene aclarar que S. es el notable catálogo compilado por Humphrey Searle. Las partituras citadas son un retorno a una forma que el compositor había dejado de lado durante varias décadas y en cierto modo es un regreso inesperado en un Liszt místico y esotérico, con experimentos tan vanguardistas como la "Bagatela sin tonalidad". Conozco esas rapsodias de última época (desde 1973 que tengo la integral realizada por Roberto Szidon) y no me atraen como las primeras 15 (la 18 es la penúltima). Liszt tenía 74 años, "pocos meses antes de dejar este mundo" (Claudia Guzmán); data de 1888. De dos años antes son las Czárdás, concisas y armónicamente avanzadas. Ya en estas obras se notó la afinidad del intérprete con esta música, tanto en los lassu lentos y bien timbrados, como en la fluida elegancia de los friss rápidos.
Guzmán da un dato interesante: "Los años de peregrinaje de Wilhelm Meister" de Goethe inspiraron el título de varias colecciones denominadas por Liszt "Años de peregrinaje": entre 1835 y 1849 escribió "Suiza" (9 piezas) e "Italia" (7 piezas que incluyen nada menos que los Sonetos del Petrarca y "Después de una lectura de Dante-Fantasia quasi Sonata"), pero tienen un suplemento, "Venezia e Napoli", que como veremos también estuvo en este recital: y el Tercer Año alberga 7 piezas de carácter predominantemente religioso y lento, con una excepción: "Les jeux d´eaux à la Villa d´Este" ("Los juegos de agua en la Villa d´Este"), asombroso prolegómeno del Impresionismo y por supuesto modelo para los "Jeux d´eau" de Ravel, todavía más difíciles. Data de 1877 y fue tocado por Lazic con evidente destreza pero sin el carácter preimpresionista que la música requiere.
En cierto modo Liszt denominó incorrectamente la obra que escuchamos a continuación: "Paráfrasis de concierto sobre ´Rigoletto´ de G. Verdi", ya que así expresado uno imagina que varias melodías famosas estarían glosadas por Liszt, pero no es así: tras el oropel sin sustancia del principio sólo escuchamos (eso sí, con lujo de ornamentos) el famoso cuarteto "Bella figlia dell´amore". Sí son popurrís los que hizo sobre "Ernani" e "Il Trovatore", todos para su discípulo famoso Hans Von Bülow. Y bien, en la pieza elegida por Lazic lo que escuché fue un regodeo de virtuosismo indudable, pero no supo encontrar la expresividad que Barenboim da a esta música en su grabación.
La Primera parte terminó con "Venezia e Napoli", que bosquejado en 1841, fue revisado en 1859 y publicado en 1861. Aquí Lazic estuvo a sus anchas. La "Gondoliera" cita "La biondina in gondola" de Giovanni Perucchini en música mullida y grata, pero la "Canzone" es dramática, ya que se trata del doloroso canto del gondolero "Nessun maggior dolore" del "Otello" de Rossini. En ambos Lazic acertó con un fraseo que supo cantar del modo más matizado. Y fue apabullante en la "Tarantella" final, seguramente de lo más increíblemente difícil que se haya escrito jamás, comparable al "Islamey" de Balakirev. Tomado a un tempo que parecía imposible, Lazic demostró el virtuosismo trascendental requerido por un compositor que inventó toda una catarata de recursos nuevos. Es verdad que hay un respiro hacia la mitad, con una canzona serena y bella, pero es la tarantela de Guillaume Louis Cottrau la que resulta variada hasta el umbral de lo inimaginable; se trata de esas piezas en las que lo primero es poderlas tocar (muchísimos no pueden y son pianistas profesionales buenos).
La segunda parte, con una excepción, estuvo dedicada a arreglos. Los dos sobre Schubert fueron un punto alto del recital. Los Valses Nobles y Sentimentales (dos series) son una delicia en su versión original, y con el mismo título inspiraron a Ravel sus homónimos valses, que no son arreglos y son una serie; los lisztianos son arreglos notables en su respeto por el espíritu schubertiano y su habilísima escritura pianística, donde las dificultades no caen en lo barato en ningún momento (como sí le ocurre en otras obras como la Rapsodia Española). Y fueron tocadas por Lazic con tanta soltura como afinidad por su irresistible vienesismo. Se denominan "Soirées de Vienne" y el pianista eligió el Vals-Capricho Nº 6. Pero el punto máximo de todo el recital vino a continuación: yo creo que "Erlkönig" ("El Rey de los Alisos") es el más extraordinario Lied suelto de Schubert; en cuatro minutos el genial texto de Goethe nos cuenta una terrible historia con cuatro personajes cantados por una sola voz: narrador, niño, padre, y ese Rey que lleva al niño a la muerte: el aliso es simbólico en muchas mitologías. Y el magistral arreglo lisztiano, que mantiene esos constantes acordes rápidos entreverados con cada frase contrastante de los personajes, estuvo tocado por Lazic de maravilla: allí fue virtuoso pero ante todo artista. ¿Y acaso no es prodigioso que Schubert lo haya escrito a los 17 años? Qué enorme madurez en un adolescente.
Hay materiales musicales que no se prestan a una transcripción pianística. No conocía la del "Confutatis maledictis & Lacrimosa" del Requiem de Mozart, y creo que no da ni remotamente la idea del original; bien tocado pero inútil. Por eso el bien conocido "Liebestraum Nº3" por contraste me devolvió al Liszt valioso, y alli Lazic supo cantar con el piano. Las últimas tres piezas fueron transcripciones de Wagner; pese a que se toca con frecuencia, no me convence la de la "Muerte de amor de Isolda" de "Tristán e Isolda", porque el tremolo de cuerdas no puede imitarse en el piano y las geniales texturas wagnerianas son esenciales para el efecto total. Como la orquesta es mucho más liviana, resulta mejor la del Recitativo y romanza de Wolfram en el Tercer Acto de "Tannhäuser", "O du mein holder Abendstern", allí lució la calidad de timbre del pianista en la gran melodía. Finalmente, raramente escuchada, la Fantasía sobre motivos de "Rienzi", con el tema citado en la Obertura, "Santo Spirito Cavaliere". Permite despliegue de recursos al pianista pero nuevamente resuena la orquestación original en quien conoce la obra; un final brillante pero algo vacuo. Creo que este programa Liszt en partes no está bien elegido y que ciertos clichés del compositor se vuelven saturantes. Lamenté que no hubiera más piezas de sustancia, cuando las hay y muy bellas; una selección de sus mejores estudios, p.ej., habría dado lugar a que Lazic no sólo luzca sus privilegiados dedos sino también su poder expresivo, que lo tiene cuando el compositor deja de lado el oropel y nos ofrece su creatividad fina y a veces conmovedora. Sobre la base de lo escuchado me pregunto qué pasaría con Lazic tocando Beethoven o el Chopin profundo de las Baladas.
Casi como una broma, tocó una breve (apenas dos minutos) Danza fantástica de Shostakovich, parte de una serie de tres, como pieza extra y despedida. Si retorna Lazic, espero de él más calidad artística; el deslumbramiento del virtuoso ya lo demostró con creces. Y que corrija sus aparatosos gestos, sólo molestan.
Quedé muy impresionado cuando escuché a Jan Lisiecki hace 3 años cuando sólo tenía 20 de edad; ahora, a los 23, lo encuentro tan talentoso y personal como Kissin a la misma edad; sin duda un grande de la actualidad, demuestra que en esta etapa de tantos pianistas de medios técnicos extraordinarios pero pocos de real calidad artística, hay alguien que no sólo asombra por su perfección sino que aporta a la historia de los enfoques interpretativos. Es canadiense, de familia polaca, y desde 2010 desarrolla una meteórica carrera internacional, tocando con las mejores orquestas y grabando para Deutsche Grammophon desafíos tan grandes como los Estudios de Chopin (tocó los Op.10 aquí).
Pablo Gianera le hizo una entrevista para La Nación y vale la pena citarla porque se refiere al programa que ejecutó Lisiecki centrado en lo nocturnal. Dice el pianista: "Muchos compositores escribieron música inspirada por la noche, pero las maneras de entenderla son muy diferentes. Quedan representados sus diversos colores: la serenidad, los sueños cargados de magia, acaso las pesadillas, e incluso las noches insomnes". "No deja de sorprenderme qué cantidad de cosas puede hacer uno dentro de los límites que prescribe Ravel, y por lo general las menos naturales llevan a los mejores efectos". Dice Gianera: "el de Schumann es otro mundo, una música fúnebre, un auténtico anhelo de muerte". Y Lisiecki: "Clara (Wieck) le recomendó a Robert que no las publicara con sus títulos originales, inspirados por ideas o pesadillas que había tenido de la muerte de su hermano…Los cambios de carácter son tan abruptos que aun cuando se conozca bien la partitura hay que luchar para que todo tenga sentido. Amo estas piezas (las "Nachtstücke"), las amo absolutamente. Dijo Chopin: ´la sencillez es la conquista final´. Es un don saber interpretar la música con esta idea en mente". Como resultó obvio durante el recital, Lisiecki tiene ese don.
Toda la Primera Parte se atuvo a la idea de la noche: los Nocturnos Nos. 15, Op.55 Nº 1, y 16, Op.55 Nº2, de Chopin; Las "Nachtstücke" ("Piezas nocturnas"), Op.23, de Schumann; y "Gaspard de la Nuit" de Ravel. Chopin fue muy atraído por la forma Nocturno inventada por John Field y compuso 21; los del Op.55 datan de 1844, período de plena madurez. Todos tenemos nuestros intérpretes favoritos en un repertorio y el mío es Artur Rubinstein, que grabó hasta el Nº19; y hay otros que los han grabado con sentido de su pura belleza, como Barenboim o Pires; hay no menos de 17 integrales y un sinfín de registros de nocturnos sueltos (hasta de Saint-Saëns en un cilindro de 1905). Son piezas que necesitan de un espíritu poético, de una total naturalidad en los innumerables ritmos irregulares, de un sonido de muy especial belleza y calidad ya que están entre lo más cantable de Chopin, y de una instantánea capacidad para cambiar de clima y tempo en aquellos que exigen mayor contraste. Lisiecki tiene todas estas capacidades y las demostró en los que eligió; en el Nº15 una sombría melodía inicial es seguida por un pasaje central turbulento antes del retorno variado de la mencionada melodía. El Nº16 en cambio nos arrulla como una canción de cuna enriquecida por modulaciones y juegos contrapuntísticos.
Por una razón egoísta me interesaron particularmente las "Nachtstücke": jamás las había escuchado en vivo ya que en efecto se tocan raramente, muy lejos de otras series que aparecen con frecuencia. Y además sólo las tenía como vago recuerdo de radio, ya que no tengo grabación. Sin embargo al menos siete pianistas, quizá más, las han grabado, con nombres ilustres como Kempff, Richter, Horowitz y Ashkenazy, según figura en mi catálogo del año 2000; otra cosa es conseguirlos aquí…Por suerte tengo la integral para piano solo en partituras Peters y me di el gran gusto de seguirlas y comprobar la fidelidad de la ejemplar interpretación de Lisiecki. El título original era "Leichenfantasie" ("Fantasía de los cadáveres"); ya se sabe que Clara lo hizo cambiar. La primera de las cuatro piezas es "Trauerzug" ("Procesión fúnebre"), una marcha enigmática no tan trágica; la segunda, "Kuriose Gesellschaft" ("Curiosa asamblea"), contrasta un sector ágil y contrapuntístico con otro basado en una amplia melodía; en la tercera, "Nächtliches Gelage" ("Celebración nocturna"), se interrumpe por dos veces un impulsivo vals; la última, "Rundgesang mit Solostimmen" ("Canto de ronda con voces solistas") es una melodía de tono folklórico. El título "Nachtstücke" resulta ser imitación del de ocho relatos llamados así por E.T.A.Hoffmann. Sin llegar al entusiasmo de Lisiecki por ellas, me alegró conocerlas en una versión magnífica. Esto es entender a fondo al Romanticismo en una época que poco tiene de similar.
"Gaspard de la Nuit", por supuesto, está asentada en los grandes repertorios desde hace ya muchas décadas, y es la obra máxima raveliana para piano. Pese a su gigantesca dificultad, son muchos los grandes virtuosos que han dejado testimonios extraordinarios grabados y en vivo. Hace unos años leí entero "Gaspard de la Nuit" de Aloysius Bertrand en francés y me resultó vastamente entretenido e imaginativo. Pero un pianista no necesita leerlo, ya que Ravel ha sabido dar a tres de esos minicuentos la mejor visión musical, que fascina de por sí, sin apoyo literario. Ravel lo leyó por indicación del fundamental pianista Ricardo Viñes; Bertrand apenas vivió 34 años (1807-41) y era uno de esos espíritus extraños de aquella época. Ravel lo leyó en 1896 pero escribió sus "tres poemas para piano" recién en 1908. Interesante cómo llamó a su obra Bertrand: "fantasías a la manera de Rembrandt y Callot": el primero simbolizaba la búsqueda de verdad, amor, sabiduría, mientras que el segundo, distintivo por sus grabados sobre la guerra, simbolizaba la inmoralidad y los excesos humanos, personificaba la decadencia de lo instintivo terrenal". Gaspard es nombre persa que significa "Tesorero de la noche". La "Ondine" inicial recuerda la Undine de Hoffmann y a Lorelei: una ninfa acuática que "intenta seducir con su mágico canto a un mortal y lo invita a su reino encantado en las profundidades" (Guzmán). Ravel logra que su música parezca líquida y fluya de continuo, con una escritura de fenomenal dificultad e incomodidad, pero doblegable. En "Le Gibet" ("La horca"), un lóbrego y constante toque de campanas acompaña a una melodía lenta y dramática. Dijo Ravel que quería superar en dificultad al "Islamey" (antes mencionado) y lo hizo tanto en "Ondine" como en "Scarbo", "un malicioso duende fantasmagórico", saltarín, corredor, imprevisto, en música que sugiere lo ominoso, salvaje y malvado, con enorme variedad musical: una obra maestra. Y bien, tuve en vivo al menos dos intérpretes antológicos: Gulda y Argerich (no en vano ella es discípula del austríaco) y muy cerca de ellos a Gieseking (en New York); los tres lo grabaron y muchos otros también (entre casi ignotos y famosos como Casadesus o Benedetti-Michelangeli). Ahora se añade otra versión inolvidable: Lisiecki hizo cosas de fábula, como los compases finales de "Ondine", de una levedad inmaterial y de tal naturalidad que parecía fácil si uno cerraba los ojos: mirando se veía un entrevero laberíntico que de alguna manera se solucionaba. "Le Gibet" fue ominoso aunque algo demasiado lento. Y "Scarbo" fue ideal: cada detalle imbricado en una visión que nos integraba con el duende.
La Segunda Parte, si bien de gran calidad, no me deslumbró tanto. Empezó con los tempranos "Morceaux de fantaisie" Op.3 de Rachmaninov. Todos (o casi todos) conocemos la segunda de las cinco, ese Preludio en do sostenido menor tan asociado a esa leyenda que tendría que ver con un cataléptico que despierta dentro de un ataúd y no puede abrirlo. Pero las otras piezas raramente se escuchan y fue grato que Lisiecki las incluyera. No tienen nada de específicamente nocturnal, sin embargo. Se inicia con una "Elegía", y luego del Preludio sigue una Melodía muy lírica. El divertido "Polichinela"
"es personificado mediante virtuosísticos y precisos trazos contrastantes". Y la Serenata es un vals a la española. Escritas a los 19 años, ya hay aquí mucho de lo que vendrá después. Las versiones de Lisiecki fueron un modelo de estilo y buen gusto.
Y volvimos a Chopin en el tramo final. El Nocturno Nº19 se cataloga como Op.72 Nº1 pero ello oculta un desliz del editor; hay un Nº2 pero se trata de una Marcha fúnebre que nada tiene que ver con la famosa de la Segunda Sonata. En ambos casos se trata de piezas de juventud: el Nocturno es de 1827, la Marcha de 1829; ambas publicadas póstumamente bajo el mismo opus. Ya a los 17 años el lenguaje chopiniano es reconocible, aunque sin la complejidad que tuvo años más tarde. Por supuesto, muy bien tocado. Y llegamos a la única obra donde su enfoque no me satisfizo: el Scherzo Nº1, Op.20. Los cuatro Scherzi son de distinta época y todos ellos resultan de una gran dificultad en su tema principal, siempre rápido y arduo; sin embargo, todos tienen un episodio más sereno contrastante. El Cuarto, en mayor, es el menos dramático. El Nº1 data de 1831-2; el compositor estaba en Viena y se lamentaba por haberse ido de Polonia, que estaba en ese momento en guerra con Rusia. Como los Nos. 2 y 3, el Nº 1 está en tonalidad menor y la música es turbulenta en grado sumo al principio y al final; pero en el medio se cita un villancico navideño, una canción de cuna. Los que recuerdan a Tadeusz Kantor tendrán presente esa melodía en la Sala Casacuberta. El Scherzo Nº 1 es agitado, pero no debe perderse el control de la velocidad; mi modelo es Rubinstein, rápido e intenso pero no exagerado. Lisiecki llegó a tal velocidad que distorsionó el sentido musical y hubo pasajes poco inteligibles. En cambio, cantó con calidez el villancico. En todo caso, este Scherzo nos muestra el aspecto más intenso y batallador de Chopin, que era una persona con una sensibilidad que iba desde lo más dramático a lo más liviano.
Una sola pieza agregada, aquella que Argerich a veces toca después de una actuación con orquesta y nos hace añorar sus recitales: la "Rêverie" de "Escenas infantiles" de Schumann, tocada con refinamiento por Lisiecki. Espero que retorne con frecuencia.
Pablo Bardin