lunes, junio 03, 2019

Trilogía verdiana privada: “Il Trovatore”, “Falstaff” y “La Traviata”

            Estamos viviendo una etapa muy difícil con mecenazgos decrecientes y costos en aumento, y si esto repercute en las óperas estatales (Colón, Argentino), con mucho mayor razón les complica la vida a los animosas óperas privadas. Sin embargo, varias ofrecieron ópera durante recientes semanas y no me extraña que hayan elegido Verdi, ya que ningún creador imaginó tantas óperas importantes como él, y porque su calidad humana sigue comunicando intensamente, más allá de cuál es el período de su vida. Y porque programar dos de las óperas más famosas garantizan salas bien pobladas. Así, vi "Il Trovatore" el 27 de abril en el Auditorio de Belgrano por el Ensamble Lírico Orquestal y "La Traviata" el 24 de mayo en el Avenida inaugurando el breve abono de Juventus Lyrica. Más audaz fue la Compañía Lírica G.Verdi, que el 4 de Mayo en la misma sala ofreció su ópera cumbre ex aequo con "Otello": "Falstaff". Lo que sigue está en orden cronológico.

 

"IL TROVATORE"

 

            La "Asociación Ensamble Lírico Orquestal  es una alternativa independiente de producción de proyectos de música clásica y lírica. Organizada como una Asociación sin fines de lucro, está integrada por instrumentistas y cantantes y su objetivo es promover el desarrollo y difusión de la cultura musical a través de la realización y producción, por sí misma o por medio de terceros, de óperas, espectáculos líricos" (debería decir conciertos líricos), "conciertos sinfónicos y de cámara, cursos especializados y seminarios de perfeccionamiento. Asimismo colabora y asiste a entidades artísticas y artistas del interior ayudándolos a concretar proyectos y establecer una actividad continuada". Por cierto, objetivos muy loables. Pero las circunstancias fueron cambiando en una trayectoria iniciada hace más de una década. Lo que no cambió es el entusiasmo del matrimonio fundador: el director de orquesta Gustavo Codina y la soprano y coordinadora Cecilia Layseca. Radicados en Morón, sin embargo realizaron una ingente tarea en la Capital, sobre todo en el Auditorio de Belgrano, esa sala con muchas gradas y notable acústica que fue el baluarte de la Sinfónica Nacional durante tantos años. Allí presentaron "Un giorno di regno" de Verdi y pudo comprobarse que esa primera comedia, gran fracaso en su momento, tiene gratos valores y merecía conocerse. Luego, también en el Teatro del Globo, "Catulli Carmina" de Orff y "La bella addormentata nel bosco", una encantadora obra temprana de Respighi, fueron interesantes aportes. Pero luego sobrevinieron dificultades: se vendió el Auditorio y los nuevos dueños tuvieron un criterio más comercial; los conductores del Ensamble buscaron una alternativa, y como también hubo cambios de criterio en el Teatro del Globo, probaron el Palacio San Miguel, de relativa comodidad para los fines del Ensamble, y fueron con títulos seguros, sobre todo "El Barbero de Sevilla"; las innovaciones quedaron atrás. En años recientes se pudo volver al Auditorio porque hubo una refacción que permitió pensar en proyectos operísticos, pero además cuajó la idea de combinarse con  otros proyectos independientes en lo que se dio en llamar Generarte.  Y así en esta temporada la primera ópera la da el Ensamble; en junio se dará "La Rondine" de Puccini por un grupo denominado Opera Magna y en Agosto otro grupo dará "L´elisir d´amore" de Donizetti.

            En esta ocasión el Coral Ensamble fue bastante nutrido: 55 voces preparadas por Layseca y dirigidas por Codina; la Orquesta fue pequeña: sólo 19 instrumentistas, con una rara inclusión: dos ejecutantes en teclados (ni siquiera dice "pianos") que sólo rellenaron la textura. Es evidente que la orquestación verdiana no fue respetada, sin  duda por razones de costos, pero lo sorprendente fue que la orquesta sonó razonablemente bien y no pareció para el oído tan desnutrida. Y como la dirección de Codina fue bastante ortodoxa, el resultado fue plausible. Todos o casi todos vienen de Morón, instrumentistas y coreutas. No todos los integrantes del coro actúan bien o tienen  el físico más adecuado, pero lograron un correcto resultado en el canto.

            La puesta fue muy modesta. La régie fue de Raúl Marego fue muy elemental en su marcación de cantantes y como la escenografía de Jessica Barredo Díaz osciló entre insuficiente o equivocada, el resultado escénico dependió de los intérpretes, que por suerte lograron dar relieve a sus personajes. Las ideas de Marego figuran en el programa así: "No es amor, sino venganza", y allí también hay error: sí hay venganza, pero por cierto hay amor en los cuatro principales. El vestuario de Barredo Díaz fue mejor, especialmente el de Leonora; sin ser medieval tampoco cayó en ropa moderna. La luz de Luis Bolster fue variable: a veces demasiado oscura, otras adaptadas a la situación.

             Este "Trovatore" tuvo el mérito de un reparto válido, nada fácil en una obra de tanta exigencia. Los más veteranos fueron los mejores: la apariencia de Enrique Gibert Mella no es la ideal para el Conde de Luna, pero su canto poderoso y estilístico es bien verdiano y actúa con intensidad. María Luján Mirabelli está pasando por una etapa muy positiva en su larga carrera: su Azucena tuvo carácter, garra y musicalidad. Su personaje es el más complejo y está la paradoja de esa escena donde ella cuenta que echó a la hoguera sin darse cuenta a su hijo en vez del hijo del Conde (padre del actual Conde); sólo puede explicarse como un momento de locura: su propósito era venganza porque ese Conde había quemado a la madre de Azucena por presunta brujería gitana y su madre moribunda le había ordenado vengarla. Lo asombroso es que Azucena crió y amó a ese niño que ahora es el trovador y guerrero Manrico; y lo absurdo es que se lo cuente y ante la reacción de Manrico ella le diga que divagó: ¡claro que es su hijo! Y él lo acepta…Sólo ese momento es inverosímil en ese libreto tan atacado; en realidad en la primera escena Ferrando cuenta la historia muy claramente. Pero la maravilla de la música es que resulta conmovedora y  una gran Azucena nos emociona hasta las lágrimas precisamente en ese relato. Fue lo mejor de Mirabelli, que siempre estuvo en rol y cantó con línea y timbre en todas sus intervenciones.

            El tenor Andrés Novero fue nuevo para mí y resolvió bien su arduo personaje; su voz fue asentándose y logró esfumaturas dulces  en pasajes amorosos (quizá "voce mista") pero también encontró una proyección cada vez más firme de sus agudos en momentos dramáticos, hasta culminar en un logrado "Di quella pira". La voz de la soprano Rocío Cereceda (Leonora) fue muy variable; su timbre en agudos fue bastante chillón en los primeros minutos pero luego salvó aceptablemente la coloratura de la cabaletta y a partir del Segundo Acto empezó a consolidar una mejor emisión; ya en el Tercero cantó bastante bien y mantuvo el nivel en el Cuarto, aunque sin el dramatismo y la variedad de enfoque que el rol requiere. Resultó muy adecuado el bajo Juan Pablo Labourdette como Ferrando (no Fernando, errata en el programa); la voz es firme y la articulación de las palabras, clara. Correctos el tenor Fabián Quenard como Ruiz, lugarteniente de Manrique, y Angie Maya  (soprano) como Doncella de Leonor; mediocre la voz del tenor Ángel Cerricchio (Mensajero) y buen Viejo Gitano el bajo Eduardo Maradei (del coro).

 

"FALSTAFF"

 

            Mencioné antes la audacia de acometer un "Falstaff", ya que junto con "Otello" es a la vez la cumbre y lo más difícil que Verdi haya escrito. Es una obra absolutamente perfecta en música y libreto y la más genial escrita por un octogenario en la historia. Esta versión ya se había dado a fines del año pasado en el Teatro del Globo pero no me llegó gacetilla y no me enteré a tiempo. Esta vez si bien tampoco me llegó gacetilla estuvo anunciada en La Nación,  que publica la cartelera del Avenida. La compañía Lírica G. Verdi, que dirige Adriana Segal, presentó "Oberto, Conte di San Bonifacio" hace unos años. Esta temporada es muy ambiciosa y ojalá pueda cumplirse, ya que anuncia "Simone Boccanegra" con Omar Carrión para Octubre y en Noviembre "Jérusalem", la revisión en francés de I Lombardi, que seguramente no se dio en el siglo XX ni el XXI (no lo afirmo en cuanto al XIX, quizá Ratier lo sepa).

            Debo advertir que  pongo la vara de "Falstaff"  muy alta en mi experiencia, ya que la versión que pude apreciar en la Ópera de Roma en Enero 1964 fue extraordinaria y si bien vi algunas muy buenas desde entonces, quedaron lejos de aquella. Tuvo tres baluartes: la estupenda puesta de Franco Zeffirelli, el refinamiento del director de orquesta Carlo Maria Giulini, y la antológica interpretación de Tito Gobbi. Otros puntos fuertes: el notable Ford de Renato Capecchi, la rotunda gracia de Fedora Barbieri y el excelente Bardolfo de Florindo Andreolli. Pero fue Zeffirelli lo inolvidable; había aprendido de Visconti la ambientación exactísima y mirando la escenografía y el vestuario uno se sentía transportado a la época que Shakespeare evoca en sus "Alegres comadres de Windsor"; a ello se agregaba una dirección de actores de una gracia y ajuste memorables. Y un buen gusto refinado. En Buenos Aires hubo cosas buenas: en 1954 el fantástico Falstaff de Taddei; en 1963 un reparto de excepción: Geraint Evans, Ilva Ligabue, Eberhard Wächter, Luis Alva, Oralia Domínguez; la bella y sensitiva Alice de Kabaivanska, el talento de Bruscantini como Ford en 1965; Corena como Falstaff en 1973; en 2001 el Falstaff de Bruson  y la dirección de orquesta de Nello Santi; y hace pocos años, el gran Falstaff de hoy,  enorme en voz, en tamaño y obesidad, Ambrogio Maestri. Y en grabación, la ideal dirección de Herbert Von Karajan y la más refinada de todas las Alice, la Schwarzkopf; y Gobbi.

            Todo esto indica el tremendo desafío que significa hacer "Falstaff"; no tiene sentido pretender que una versión de una compañía privada nuestra pueda alcanzar un gran nivel; ya es mucho  que se logre una buena ejecución y que haya un Falstaff interesante, y esas dos condiciones se dieron. Debo decir que tengo admiración por el talento del veterano Luis Gaeta y me hubiera gustado verlo, pero también me resultó valioso apreciar en cambio a nuestro mejor barítono joven, Juan Font. Y creo que Ramiro Soto Montllor consiguió un buen resultado de una orquesta de 37 músicos formada por instrumentistas que no son de nuestras orquestas principales y que estuvieron  elegidos con tino. El director logró también una adecuada concertación en las complicadas escenas en las que el grupo  de cuatro comadres dialoga vertiginosamente y al mismo tiempo Ford y los cuatro que lo acompañan también cantan y dicen con extrema rapidez cuál es el plan para castigar a Falstaff.  Claro está que con sólo 37 músicos y en la acústica del foso del Avenida que opaca los fortissimos no se puede obtener la plenitud sonora de los grandes cliamax, pero en cambio los momentos serenos o  de sutileza como los dúos y las arias de Fenton y Nannetta sonaron muy finos y elegantes.

             Naturalmente los cantantes están supeditados a la puesta en escena, y no siempre ésta les resultó la más adecuada para los personajes que encarnaban, pero esa es la ley del juego. No hace mucho Font hizo Rigoletto y dije  que en puestas recientes el artista no parece jorobado y que los barítonos se quejan de la molestia de actuar como si lo fueran; pero si lo hicieron Ruffo, Warren o MacNeil, puede hacerse y le da mucho más carácter y verosimilitud a la acción. Maestri como Falstaff es ideal, pero ni Bruson ni Evans eran gordos y lograban grandes interpretaciones, de modo que toleraban la falsa panza; tampoco Font lo es; el vestuario del personaje de Sidney Page fue adecuado en todos los cuadros salvo en el penúltimo, donde parecía más una panza de bebe que de hombre; y el cantante la llevó con habilidad. Si el traje que tiene cuando va a verla a Alice después de "farsi bello" es ridículo, corresponde al lado farsesco de la obra. Font demostró que está cómodo vocalmente y como actor tanto en el drama de "Rigoletto" como en el humor tan especial de "Falstaff"; tiene bien incorporada la difícil música y texto y supo dar en  el clavo tanto en fragmentos como el famoso monólogo del honor como cantando pianissimo y rápido en "Quando ero paggio", o cuando se jacta de su obesidad como factor de su éxito con las mujeres. Y al menos no tuvo que lidiar con el vestuario de la puesta del Covent Garden con Bryn Terfel, usando un atuendo que era en efecto de  la época de Falstaff, la courtepy que subrayaba la masculinidad en la zafada puesta de Richard Eyre con momentos francamente escatológicos. Pero sí tuvo la puesta que vimos algo esencial: Falstaff realmente cree que su obesidad conquista a las mujeres y siempre actúa como si fuese un gran seductor y minimiza su evidente vejez.  Aunque es noble, Sir John se comporta como un sinvergüenza simpático muy carente de dinero y de ética. Y todo gira en torno a él salvo el amor de Nannetta y Fenton.  No hay que olvidar que había sido compañero de picardías en su juventud del entonces Príncipe pero luego Rey Enrique IV; cuando llegó a la Corona repudió a su amigo por considerarlo nocivo para su imagen real.

            Ford, el otro barítono, es un personaje antipático; marido de Alice, la cela absurdamente, y como padre, quiere casar a Nannetta por el desagradable y maduro Dr. Cajus en vez de con Fenton. Se entera por Bardolfo y Pistola, sirvientes de Falstaff echados por él en el Primer Cuadro, de la carta de Falstaff a Alice y concibe una extraña y muy divertida idea; ir a verlo a Falstaff y pedirle que seduzca a Alice haciéndose pasar por otra persona  que intentó llegar a ella sin resultado; "de una caída nace otra caída": si Falstaff la seduce luego el "Signor Fontana" podrá hacerlo a su vez; y además le entrega un bolso con monedas. Ford demuestra tener gran talento para disimular y en esta escena Sebastián Sorarrain, intérprete de larga carrera, cantó y jugó muy bien el papel. Al dejarlo solo Falstaff para "farsi bello" porque pronto sonarán "las tres", señal de su encuentro con Alice,   Ford tiene su magnífico monólogo en el cual asoma la faz dramática verdiana y es allí donde la voz de Sorarrain resultó algo liviana para sus desesperados "le corna"; el texto de Boito luego hace comparaciones tan cómicas que dentro del drama volvemos a la comedia: "confiaría mi cerveza a un alemán antes de confiar en mi mujer", p.ej. Y luego vuelta al disimulo cuando vuelve Falstaff emperifollado. Salvo en esta escena, Ford interviene en escenas de conjunto, enojado hasta que ve a Falstaff en el agua del Támesis, y frustrado cuando Nannetta en la última escena se casa con Fenton disfrazado, pero admitiendo su fracaso apoya el matrimonio. El artista estuvo muy bien en todas estas escenas.

            En cambio, el joven Fenton (tenor lírico) es simpático; está en el grupo conspirador contra Falstaff pero ama a Nannetta y se las arregla (ella también) para demorarse cuando el resto del grupo (masculino y femenino) sale de escena, y allí por dos veces cantan deliciosos dúos de refinamiento extremo donde Fenton corteja y Nannetta concede parcialmente, hasta que se separan; él: "Bocca baciata non perde ventura"; ella: "Anzi rinnova come fa la luna". Ellos luego enfurecerán a Ford cuando se oye un beso detrás de un biombo  y al correrlo aparecen los enamorados en vez de Alice y Falstaff. Y él tendrá en el último cuadro un  aria bellísima del lirismo más puro:

iniciará la escena en el Parque de Windsor con "Dal labbro il canto estasïato vola", una exaltación del amor que terminará con su "Bocca baciata" y la contestación de Nannetta, porque en "Falstaff" hay en todo momento total continuidad. Iván Maier es un cantante de buena formación, muy profesional; su Fenton fue seguro y actuado con soltura y su fraseo resultó musical y grato, aunque su timbre es demasiado sólido para el rol, que requiere una voz dulce del tipo de Schipa o Alva.

            Los dos pillos sirvientes de Falstaff son voces bien contrastantes: Bardolfo, tenor característico, borrachín consuetudinario; Pistola, ex militar, bajo que porta "una spada al fianco". Siempre están juntos y  admirablemente retratados por Boito; y Verdi, como con Falstaff, está con ellos en su mejor veta humorística. La régie de Adriana Segal no acertó en la marcación de estos dos personajes: son venales pero no tontos, no corresponden movimientos de "macchietta" (cómico grotesco). Sí deben ser ágiles,   expresivos y compinches, vivillos sin estupidez. Si fueran tan zonzos no se vengarían de Falstaff simulando volver "al tuo servizio", muy "contritti", pero ya comprados por Ford para darle una lección al "inmenso Falstaff". Yo no había tenido ocasión de apreciar en otros personajes a Fernando Tasende (Bardolfo) y Luis de Gyldenfeldt (Pistola), y en ambos casos me parecieron de buen material vocal y bastante flexibles en sus actuaciones.

            Resta entre los hombres el Doctor Cajus (tenor característico). En la violenta escena inicial el médico acusa a Falstaff y sus sirvientes de haberlo emborrachado y robado, y también que el caballero atacó su casa golpeando a sus sirvientes y quebrantando su yegua; Falstaff afirma que en efecto lo atacó y sus sirvientes niegan el robo (que por supuesto se hizo); Cajus jura que si vuelve a estar ebrio será entre gente honesta y pía, y se va. Lo volvemos a ver en el grupo conspirativo, donde están los pillos, pero entonces están todos contra Falstaff; y al final será burlado, cuando  su presunto casamiento con Nannetta resulta ser con Bardolfo… El mismo libreto indica que Cajus entra gritando, pero no toda su intervención debe ser así; Sergio Spina, como se comprobó en sus numerosas intervenciones en el Colón en distintos roles, suele cantar más desaforado que lo útil y conveniente; aquí pasa mejor que en otros personajes, pero Cajus puede cantarse más civilizadamente. Eso sí, Spina es un buen actor.

            El cuarteto femenino  es el de "Las alegres comadres de Windsor" y son un grupo unido aunque con el liderazgo de Alice. Me temo que las cantantes no fueron lo más adecuado para cada personaje. Si se empieza por decir que la Alice ideal fue Schwarzkopf y que aquí Arizmendi, Ilva Ligabue, Kabaiwanska y Almerares lo hicieron admirablemente, es evidente que nos referimos a  una voz luminosa y bella, capaz de filados y de inflexiones sutiles; no vale aquí una voz dramática y claramente Sabrina Cirera no pareció cómoda cantándolo ni actuándolo. La figura pequeña de Fabiola Masino como Yniold en el "Pelléas et Mélisande" de 1999 fue exacta para el niño que encarnaba y su canto de entonces fue muy correcto; pero pasaron los años y fue adquiriendo una fijeza sin armónicos en el agudo bastante molesta. Esta Nannetta resultó escuchable en el grave y en registro medio, pero la explayada "luna" fue inaceptable y es crucial en este personaje. Visualmente logra parecer adolescente y cumplió en los conjuntos. Su aria como la Reina de las Hadas en el último cuadro, "Sul fil d´un soffio etesio", es otra maravilla verdiana; en dos estrofas y acompañada por las Hadas, evoca ese mundo de fantasía con calidad shakespeariana. Si bien Masino la fraseó correctamente, tuvo algunas dificultades en las notas más altas, pero hizo bien la difícil escala cromática final.

            Quickly es un gran personaje para contralto característica; resulta fundamental que tenga mucho talento como actriz, que sepa darle sentido a cada frase y que sus graves sean contundentes. Barbieri en Roma y Oralia Domínguez aquí fueron notables en este rol. Alicia Alduncín es una muy musical contralto de cámara y estuvo bien en los conjuntos; además dio bastante relieve  a sus embajadas ante Falstaff. Pero no tiene el volumen ni el grosor de timbre para las incursiones en el registro grave. Sin embargo la voz se escucha con placer ya que tiene buen gusto y estilo.

            Por último, Meg, la destinataria de la otra carta de Falstaff  (el marido no aparece), mezzosoprano. Aunque presente en todos los conjuntos, no tiene intervención prolongada solista. Escuché poco a Laura Domínguez como solista, de modo que su Meg la aprecié sin recordar cabalmente otras intervenciones suyas, y me llevé una buena impresión; la voz es grata, su presencia también, y se integró de modo convincente en la acción.  

            Se logró reunir un buen coro de 43 personas, bastante integrados en particular en el último cuadro, el más complejo, y  en la gran escena en casa de Ford que culmina en el descalabro del biombo y del caballero en el agua colaboraron con entusiasmo. La experiencia de Eduviges Picone como maestra preparadora y  de Sergio Bungs como maestro acompañante en los ensayos con piano tuvo su fruto en una función realizada con aplomo por todos.

            Adriana Segal, directora de la compañía, asumió aquí la Dirección Escénica y General. Fue secundada en vestuario y caracterización por Sidney Page, que pese a su nombre y apellido no es inglés ni estadounidense sino jujeño; me resulta curioso que también se ocupe de caracterización, cosa que normalmente no hace un vestuarista. Y además la escenografía fue según el sistema digital mapping y la realizó Manu Tangir Farrés, que según la biografía ha hecho múltiples trabajos de integración en vivo de video y música, aunque no recuerdo algún otro proyecto operístico suyo. No conozco los costos pero observo una tendencia a utilizar el mapping en vez de las escenografías tradicionales y me imagino que se debe no sólo a otro tipo de imagen sino también a gastar menos en un momento en donde hay pocos fondos.

            Y bien, ¿cómo funcionó esta puesta? ¿Fue fiel a las necesidades de la obra? Por un lado, tuvimos una razonable Posada de la Jarretera en el Primer Cuadro;  y del Exterior de la casa de los Ford en el Segundo; pero algo hubiera debido dividir al grupo femenino del masculino, ya que era obvio que podían verse y eso no está bien. En el Segundo Acto volvemos a la posada, pero en el Segundo Cuadro estamos dentro de la casa de Ford, cuya sala de estar debe ser amplia para albergar a tanta gente; funciona bastante bien salvo el momento en que tiran a Falstaff al Támesis, poco logrado. En el Tercer Acto estamos en el Primer Cuadro en el patio exterior de la posada con un fondo de bosque para que se oculten los que observan a Falstaff cuando recibe a Quickly y cae en la celada. Y el más complicado, el Cuadro final, en el Parque Real en la zona de la encina de Herne, con su leyenda del Cazador negro, y luego la gran farsa de hacerle creer a Falstaff que está siendo atacado por "la tregenda", el mundo de hadas y elfos en el que ningún mortal puede penetrar. La encina ("quercia") no fue  convincente; debe ser grande y bella y estar más atrás en el escenario; nada de esto se apreció. Los vestuarios y máscaras, así como los niños que hicieron de duendes, funcionaron bien, salvo Ford, demasiado reconocible.  O sea que los mapping fueron desparejos pero varios resultaron adecuados, aunque con poca belleza y algo carentes del espíritu de la época.

            ¿Y la marcación de artistas?  También despareja. Ya me referí al error de hacer tontos a Bardolfo y Pistola, pero  el humor fue grueso en varios momentos.  Sin embargo no es cosa fácil manejar tanta gente en los dos cuadros que lo requieren, y se consiguió una actividad efervescente  bastante divertida. El talento de Font siempre dio interés a Falstaff y las entrevistas suyas con Quickly y Fontana fueron de lo mejor de la noche. Los quintetos y cuartetos también fueron correctos, aunque sin la gracia que pueden tener con gestos más finos. Curiosamente el programa no menciona quién estuvo a cargo de la iluminación, que fue bastante bien hecha.  Y la estupenda fuga final terminó la obra como si fuese una moraleja mozartiana con un mensaje contundente: "Tutti gabbati" ("Todos burlados"). Pese a que no fue un gran "Falstaff", fue lo suficientemente bueno como para que yo saliera del teatro nuevamente maravillado por el prodigio que imaginaron Verdi y Boito. Y agradecido que un grupo privado se animase a poner una obra tan importante y ardua en su realización. 

 

LA TRAVIATA

 

            Dediqué mucho lugar a "Falstaff" porque siendo una obra esencial se da mucho menos que la trilogía popular. "La Traviata" se da muy frecuentemente y ya escribí sobre  ella repetidas veces. En una charla que tuvimos el año pasado, mi admirado amigo Antonio Russo me comunicó su entusiasmo por esta ópera, como ya lo demostró en anteriores ocasiones. Este año Juventus la vuelve a programar no sólo por las dificultades económicas sino porque es una creación de las preferidas por Ana D´Anna y Russo, que es fundador con ella de Juventus. Russo, ahora octogenario, conserva una energía y lucidez notables, y no dudo en afirmar que la dirección de orquesta y el rendimiento de los instrumentistas fue lo más positivo de esta "Traviata": hasta el más mínimo detalle fue expresado con naturalidad, siempre acentuando no sólo la coherencia, los fraseos más expresivos y los mejores tempi sino también la concertación con coreutas y solistas. Dos momentos de especial belleza fueron los preludios al Primer y al Cuarto Actos, realizados con noble corazón. El muy buen coro fue dirigido  por Hernán Sánchez Arteaga, también maestro preparador, y ello revela la confianza que Russo tiene en él, ya que en años recientes Russo no admitía que hubiera director de coro; él también lo asumía porque había tenido diferencias con anteriores directores. También vale mencionar el coro offstage del Cuarto Acto, esa celebración del Carnaval que hace tan fuerte contraste con Violetta moribunda; generalmente se lo oye lejano y muy rápido pero no esta vez: Allegro pero no Presto, el coro fue colocado cerca y la banda acompañante creo que estuvo en el foso y que fue allí donde se usaron los dos cimbassos que figuran en la nómina de la orquesta (son tubas más pequeñas). Y en la orquesta resalto el refinamiento de la oboísta Pamela Abad Quintale.

              Fue una versión muy completa, incluyendo las cabalettas de  Alfredo y Germont. Me quedé con una intriga: en el Tercer Acto, un Sirviente (no un Cocinero, como figura en el programa de mano), dice "La cena è pronta" y teóricamente todos, salvo Violetta, que dice sentirse mal, van al comedor, para lo cual deben salir del escenario, salvo que el espacio dé para instalarlo allí que no es el caso. Lo que vimos fue que unos cuantos salieron pero otros se quedaron al fondo del escenario; colijo que ello es así por las escasas bambalinas del Avenida, y porque el libreto hace que los comensales deben volver dos minutos después llamados por Alfredo; en suma, los pobres se quedaron sin cena.

            Me sorprendió que la puesta fuera nueva; no se usó ninguna de las dos anteriores. En tiempos de ahorro parece lógico utilizarlas. Alguna razón habrá pero no sé cuál es. La escenografía y la iluminación estuvieron a cargo de Gonzalo Córdova; el vestuario, de María Jaunarena. Hubo proyecciones diseñadas por Luciano Moreno y Leandro González. Y D´Anna hizo la régie, que ahora suele llamarse Dirección Escénica. Ahora que en las puestas se mezclan escenografía y proyección con frecuencia se me dificulta separarlas y no sé si alabo al escenógrafo o al proyectista (lo mismo me pasa con la digitalización en el cine). Sea como fuere, me gustó el aspecto del Primer Acto, Una sala en casa de Violetta. El libreto aclara que en el fondo hay una puerta que da a otra sala, y que en los laterales dos puertas dan a otras dos salas (como la del comedor). En suma, las mujeres mantenidas tenían mansiones considerables. El diseño del fondo parecía un lado de un espléndido invernadero. Había un piano innecesario donde varios incluso Violetta hacen que tocan. Y ella lo usa luego para tirarse encima del piano cerrado, como si fuera un sofá, pero "La Traviata" no es "La Rondine". Por otro lado se evita un gran error que me molestó en la versión última del Met y es dejar a una cama en el medio mismo del escenario, la misma donde morirá Violetta; Zeffirelli la ponía durante el Preludio, como contándonos el futuro, pero cuando se abría el telón corría la cama a la izquierda, cerca de la bambalina.  Aquí mientras el público charlaba con luz plena antes del Preludio aparecía gente sobre el escenario preparando una subasta; esto también es de Zeffirelli pero en la película con la Stratas. Quizá por pedido de Russo, pudimos escuchar el Preludio en paz, sin gente en el escenario alterando la concentración en la música. La sala tenía dos planos, subiendo unas gradas, y ello permitió que el famoso Brindis tuviera una mayor perspectiva. El movimiento de actores fue razonable, y lo que sí pareció escenografía en los dos laterales era agradable, sin lujo. La decisión que el Barón Douphol tuviera un bastón  no me pareció necesaria; es mejor que se trate de un hombre maduro pero sin problemas motrices.

            La casa de campo del Segundo Acto no fue lujosa, pese a las palabras de Germont "tanto lusso", sino más bien simple. Lo incomprensible fue que el piso estuviera lleno de hojas otoñales como si estuviera al aire libre.  La marcación de actores fue tradicional.

            El Tercer Acto sucede en el Palacio de Flora, gran amiga de Violetta y mantenida por un hombre muy rico, el Marqués D´Obigny. Se evitó el frecuente error de hacer las dos salas, la de Violetta y la de Flora, casi idénticas, pero sí se mantuvieron las gradas. Y hubo como corresponde una mesa de juego, en este caso colocada a la izquierda. Al principio todo es alegría y se suceden dos coros: el de gitanillas y el de toreros. Las "gitanas" son señoras con atuendos gitanos y no bailan. Y luego entran los "toreros" ("mattadori") acompañados por Gastone, o sea los hombres que cortejan a las damas, y cuentan la historia del torero Piquillo. Así se suceden un coro femenino y uno masculino, y ambos se comunican con el resto de los invitados o con la dueña de casa y su amante. En suma, hay una tradición de acompañarlos con bailes pero nada dice el libreto al respecto. En este caso, un bailarín y una bailarina, con coreografía aparentemente propia (no figura coreógrafo en el programa), amenizaron con gracia española los coros; fueron Lorena Barrionuevo y Brian Jesús Fornes. Los vestuarios de Jaunarena fueron  en general atinados  y atrayentes; en particular supo dar brillo con sus vestimentas a estos coros. Después de los coros volvemos al drama con la aparición primero de Alfredo y luego de Violetta con Douphol. En el comentario sobre "Falstaff" decía que los intérpretes están  afectados por los enfoques de la régie; ahora agrego que a veces son los cantantes los que opacan la marcación recibida; y así fue en el caso de Alfredo (más abajo diré por qué). Sin embargo, el maravilloso concertante (nadie como Verdi para los grandes conjuntos) tuvo un fuerte impacto, meramente porque la régie entendió que no es ese un momento para innovar sino para que el director de orquesta y todos los artistas den coordinadamente lo mejor de sí mismos.

            El Cuarto Acto fue simple y sobrio, como debe ser. Una semipenumbra, una cama, una silla. Me llamó la atención pero no me molestó la muda adición de Flora como una manera de demostrar su verdadero afecto por Violetta. Fuera de eso D´Anna se atuvo al libreto y el Acto fue lo que debe ser, el trágico final tras la última alegría.

             Y llego a los cantantes. Los primeros minutos de Carolina Gómez como Violetta fueron alarmantes: un timbre vibrateado, inseguridad en la emisión. El Brindis fue pasable. Pero fue sólo en su gran escena final que la voz se afirmó gradualmente, hasta sorprender con agudos y coloratura correctos en "Sempre libera". Leyendo su biografía en el programa advertí que tiene amplia experiencia en musicals pero también que estudió repertorio con Ricci, Ranieri y D´Astoli y que cursó canto en el ISA. Si bien figura que intervino en bastantes óperas en el Colón, no la recuerdo en ningún rol relevante. Afrontar Violetta es una prueba de fuego y se notó. Pero a partir del Segundo Acto tanto su calidad vocal como su sentido dramático fueron cada vez más interesantes. El dúo con Germont alcanzó un patetismo auténtico, y en el Tercer Acto intervino en el concertante con frases refinadas y dulces, muy sensitivas. Y en el Cuarto Acto llegó a un emocionante nivel con un "Addio, del passato" fraseado con un color tímbrico y una comprensión del texto que la asentaron como una Violetta de notable valor. Ello se mantuvo en el esperanzado dúo con Alfredo y en los trágicos minutos finales. Además Violetta debe tener un físico atractivo y un rostro con personalidad, y Gómez tiene esas características.

            Sebastián Russo debutó en Juventus en 2007 y desde entonces formó parte de numerosas óperas en la institución. Si bien nunca llegó a convencerme, con frecuencia lo escuché mucho mejor que en este Alfredo decepcionante en todo sentido. No sólo fue de una abulia expresiva asombrosa, salvo quizá cuando se arrepiente en el concertante, y de una  carencia de reacción ante noticias alarmantes, sino que un timbre árido con agudos ingratos distó de compensar el resultado negativo dramático. Fue algo mejor en el  último acto, pero decididamente no fue una buena elección.

            Aunque en otro plano, también encontré por debajo de su habitual nivel a Ernesto Bauer como Giorgio Germont. Su actuación fue correcta en lo dramático, pero la voz pareció disminuida. Bauer es un barítono lírico de mediano volumen, un Silvio, no un Tonio, en "I Pagliacci", y en principio Germont puede ser cantado por este tipo de voz, pero con tal de que el timbre y la línea de canto mantengan su calidad. Esta vez lo encontré bastante neutro  y poco expresivo en el gran dúo con Violetta, aunque luego consiguió dar un placentero "Di Provenza il mar" y también tuvo una recuperación cuando reta a su hijo justo antes del concertante.

            Fue muy buena la Flora Bervoix de la mezzo Rocío Arbizu, tan bien cantada como actuada, y Leonardo Fontana corporizó un Marqués D´Obigny de firme voz y presencia actoral. Felipe Cudina Begovic estuvo muy bien como el Dr. Grenvil. Un nombre nuevo para mí, pese a parecer bastante edad, fue el Barón Douphol: Marcelo Iglesias Reynes; un adecuado  bajo barítono y un aspecto creíble. También fue nuevo para mí Luis Fuentes Bustos, un Gastone de sonoridad liviana y de poca estatura, agradable como actor. Y finalmente la correcta Annina de María Almeida, otra cantante que no conocía.  Está bien ir renovando como criterio general.

             En suma, una "Traviata" con dos puntos fuertes: Russo y Gómez. Es probable que en el otro reparto Pablo Urban tenga mejor resultado, y Juan Font debería ser un Germont de valor. No opino sobre Ivana Ledesma, no la escuché en otros roles.

            Finalmente: la sala estaba llena, pero como lo dice el programa, sólo el 50% del gasto se cubre así; hay que encontrar los fondos para el otro 50%, y por eso me parece lamentable que le hayan retirado el Mecenazgo a Juventus.

Pablo Bardin


London Symphony con Rattle. Acontecimiento del año

             El año pasado fue Barenboim con la Staatskapelle Berlin. Este año será la London Symphony (Orquesta Sinfónica de Londres) dirigida por Sir Simon Rattle. En ambos casos fueron o serán lo mejor de la temporada sinfónica (quizás hubiera debido agregar SINFÓNICA en el título de estas líneas ya que yo al menos tengo enorme interés en las visitas de la mezzosoprano Elina Garanca y del ilustre John Elliot Gardiner con sus conjuntos English Baroque Soloists y Monteverdi Choir). Dieron dos conciertos memorables en el Colón el 18 y el 19 de mayo con distintos programas.

            Pero antes de avanzar en este artículo se impone una aclaración con respecto a dos entrevistas realizadas antes de la llegada de Rattle por Pablo Gianera en La Nación y Federico Monjeau en Clarín. Ambas fueron muy interesantes con respecto a los puntos de vista del director y ambas tuvieron una omisión increíble. Me quedé asombrado e investigué; mi memoria octogenaria no me traicionó: hace 22 años estuvo Rattle aquí con esa Sinfónica de Birmingham que él había logrado convertir en una de las mejores de Inglaterra; fue en el Colón y los trajo el Mozarteum Argentino…O sea, la London Symphony vino por primera vez a Buenos Aires; Rattle por segunda. Datos: La City of Birmingham Symphony Orchestra se presentó el 3 y el 4 se septiembre de 1997 con estos programas: el 3: Mark-Anthony Turnage: Drowned out (1ª audición); Mahler: Sinfonía Nº5; el 4: Serenata para 13 instrumentos de viento, K.361, de Mozart; Bruckner: Sinfonía Nº9. Programas difíciles y comprometidos y excelentes conciertos que impresionaron mucho. Ya de por sí es extraordinario que críticos de gran carrera y profesionalidad como Gianera y Monjeau o no recuerden o no hayan asistido a esos conciertos, ¡pero mucho más extraño es que Rattle no se acuerde!  Extraña amnesia por cierto. Como por otra parte he leído entrevistas de Monjeau con Alcaraz y Gianera con Diemecke que demuestran que objetan fuertemente aspectos de la gestión actual del Colón y sé que son críticos honestos, no hay aquí boicot al Mozarteum (ya lo hace la actual dirección del teatro); pero me pareció tan injusto como extraño que aquella visita no sea mencionada. ¡Y encima dirigió la Quinta de Mahler en ambas visitas! Después de todo, fue la gran tarea de Rattle en Birmingham la que lo hizo candidato a la Filarmónica de Berlín, cuya dirección, sucediendo a Abbado, fue ganada por pocos puntos a Barenboim; todavía el año pasado Rattle dirigió tanto a la orquesta berlinesa como a la londinense; este año ya está solamente en la London Symphony. Ví por TV el concierto de despedida de Rattle con los filarmónicos berlineses después de 15 años de trabajo conjunto y resultó evidente el afecto tanto de la orquesta como del inmenso público asistente.

            En Buenos Aires hemos podido ver cuatro orquestas londinenses: la admirable Philharmonia, que también vino después de pelearse con Legge como New Philharmonia; la notable de la BBC, especializada en el siglo XX, que vino dos veces, creo que con el Mozarteum; la orquesta ampliada de St-Martin-in.the.Fields que con Marriner hizo las sinfonías de Beethoven (también creo que con el Mozarteum; en ambos casos si algún memorioso me corrige se lo agradeceré); y la Royal Philharmonic (que había sido de Beecham mucho antes de la venida de la orquesta a Buenos Aires; esto fue en la buena época de Harmonia).  Quizá la cuestión malvinense haya descartada alguna gira; sea como fuere, no sólo la London Symphony nunca llegó aquí, también nos falta la muy buena London Philharmonic. No estoy contando las orquestas de cámara; varias vinieron, sobretodo la English Chamber Orchestra con Leppard. Es que Londres era y es el centro sinfónico del mundo, además de ser la ciudad donde más música sinfónica se grabó. Con sólo mencionar a EMI/Angel y Decca/London basta.

            La London Symphony nació en 1904 y después de la Segunda Guerra Mundial  tuvo una actividad creciente. En una ciudad donde ninguna orquesta es menos que muy buena fue adquiriendo una imagen de organismo muy técnico y versátil, que pasó por las manos tan distintas de Georg Solti, Andre Previn y Michael Tilson Thomas, entre otros famosos. Tuve una sola oportunidad de escucharla pero fue nada menos que en la Novena de Mahler dirigida por Solti en el magnífico Royal Festival Hall el 7 de mayo de 1967; para aquilatar lo que era la vida sinfónica de entonces,  pocos días antes escuché la Novena por Klemperer con la Philharmonia.  La London Symphony me pareció extraordinaria entonces y nada menos que 52 años más tarde lo confirmó; es una de las máximas orquestas del mundo, en un plano donde sólo pondría a la Filarmónica de Berlín, la Concertgebouw y la Orquesta de Chicago. Claro está que un poco más abajo hay una cantidad de orquestas de gran calidad, como las de Viena, Berlin Staatskapelle, Dresden Staatskapelle, New York e Israel Philharmonic, Boston Symphony, etc. En la actualidad ofrece 120 conciertos por año. A diferencia de esas otras grandes mencionadas, la London Symphony es más abiertamente comercial, como lo demuestran sus muchas grabaciones de música para películas (no es un criterio que me gusta).

            Pienso que el carisma de Rattle es justo lo q       ue la orquesta buscaba; alguien innovador, energético, dispuesto a probar nuevos repertorios en un  organismo que aprende material nuevo con pasmosa velocidad, y también dirigir crossover con brillante soltura; pero que tiene el conocimiento y la profundidad para afrontar las obras de mayor sustancia de un modo intenso y cautivante. Tenía 42 años cuando vino con la Bournemouth; ahora ha llegado a los 64 y su personalidad comunicativa e investigadora es la misma, aunque cargada de la sabiduría de la edad cuando los años se han aprovechado bien.  Sus famosos mechones de pelo blanco siguen estando; son su marca de fábrica. Cuando hace música su concentración es total y hace los gestos necesarios para obtener expresividad de una orquesta que sabe ir de un pianissimo de tres pes a un fortissimo de tres efes en segundos y que puede articular a la perfección en los pasajes más rápidos sin perder belleza tímbrica y siempre con los ritmos incorporados en detalle y las grandes melodías cantadas con cálida e impecable afinación por las cuerdas, así como los bronces sortean cualquier dificultad , las maderas cantan con virtuosismo y la percusión es casi inverosímil en su potencia y exactitud.

            La Sinfonia da Requiem es una de las mejores obras de la primera etapa creadora de Benjamin Britten. Su op.20, fue escrita en Estados Unidos en 1940 en plena guerra y sus tres movimientos sin solución de continuidad se denominan "Lacrymosa", "Dies irae" y "Requiem Aeternam".  A los 27 años ya su dominio técnico era pleno y muy personal, y esta partitura es de sus más impactantes e inspiradas. Es extraño que siendo él pacifista y objetor de conciencia haya dicho sí a un encargo de la Japón belicista de entonces (pocos meses después atacaron Pearl Harbor). La obra debía celebrar los 2600 años de la dinastía Mikado del Emperador Hirohito y es obvio que un Requiem no era adecuado.  Dice Gianera en su comentario que "el gobierno japonés no aceptó la pieza debido a ´una melancolía´ que la volvía ´impropia´ para su fin ceremonial. Se le objetó incluso la condición cristiana, a lo que Britten respondió que era cristiano". La sinfonía fue estrenada el 30 de marzo de 1941 por la Sinfo-Filarmónica de New York dirigida por John Barbirolli en el Carnegie Hall. Notas del propio compositor: "Lacrymosa es una marcha lenta en un metro persistente de 6/8 con un fuerte centro tonal en Re". El Dies Irae "adopta la forma de una danza macabra" cuya organización consiste en "una serie de climax,  de los cuales el último es el más poderoso y provoca la desintegración de la música" (de lo más disonante y rítmico que haya escrito). El tercer movimiento es "muy sereno, sobre el fondo de las cuerdas y las arpas" pero también profundo y noble. La obra está dedicada "a la memoria de mis padres", que habían muerto meses antes de ponerse a trabajar en ella. Sé que esta sinfonía se ha escuchado antes en Buenos Aires pero carezco del dato preciso. Por mi parte hace  40 años que poseo un gran disco de la Sinfónica de Londres dirigido por Previn  que tiene a Interludios y Passacaglia de "Peter Grimes" en un lado y la Sinfonia da Requiem en el otro; lo escuché con  frecuencia, y por ello me conmovió profundamente escuchar la magnífica versión de Rattle con la misma orquesta. Todas las cualidades que mencioné en el párrafo anterior estuvieron en plena evidencia.

            Y después del intervalo, la Quinta de Mahler. El gran Hermann Scherchen me reveló en vivo el famoso Adagietto en 1958 con la Orquesta de Amigos de la Música, pero yo ya tenía su esencial grabación de la obra entera en un álbum Westminster que además incluía el único movimiento terminado de la Décima. Las grabó en 1952 con la Orquesta de la Ópera de Viena y compré los discos en 1956 cuando estudiaba en Washington; yo ya conocía las Nos. 1, 2, 9 y 10 (esta última en vivo dirigida por Fritz Zaun con la Orquesta de Amigos de la Música en 1953) y esta nueva experiencia iluminó mis 18 años irrevocablemente.   "La canción de la Tierra" en vivo en el Colón dirigida por Böhm y la grabación de Walter con Patzak pero sobretodo con Kathleen Ferrier ya me habían convencido: Mahler fue el máximo creador de canciones con orquesta. Curiosamente el Adagietto de la Quinta también fue dirigido por Fritz Mahler, pariente de Gustav, con nuestra Filarmónica en 1961. Mi primera Quinta completa en Buenos Aires (ya la había escuchado por la Sinfónica de Hartford dirigida por Winograd en el Carnegie Hall en 1953)  fue la de Calderón con la Filarmónica en 1970 (él fue el único en dirigirlas todas, incluso la Décima completada por Cooke). Sobrevino luego el estreno de "Muerte en Venecia" de Visconti, que se iniciaba con el Adagietto, e hizo que el gran público se acercara a la Quinta de Mahler. La Quinta fue tocada regularmente a partir de la de Calderón. Mis favoritas fueron en primer lugar la de Haitink/Concertgebouw, seguida por Rattle/Birmingham y Decker/Filarmónica. Y ahora escuché una  que logró equipararse por completo con la de Haitink: Rattle/London Symphony. Y esto tanto en la extraordinaria calidad de ambas orquestas como en la madurez y expresividad de directores que la han estudiado exhaustivamente.

            En realidad los cinco movimientos de la Quinta tienen una característica especial: los dos primeros están unidos y los dos finales también. Todas las sinfonías mahlerianas tienen una marcha fúnebre salvo la Cuarta y la Octava; una verdadera obsesión de un compositor que tuvo la premonición de una muerte temprana pero que también dio un contenido metafísico a su creación (otra obsesión: la de Rachmaninov con el Dies Irae). Otro aspecto esencial: los tremendos contrastes entre los momentos trágicos y las grandes melodías de sostenido lirismo. Y una orquestación de absoluta originalidad, tan valiosa como las de Strauss pero muy distinta. Todo esto se aplica al primer movimiento, que sin tapujos se llama "Trauermarsch" ("Marcha fúnebre"), Pero el siguiente "Stürmisch bewegt" ("Tormentoso y agitado") es quizás lo más áspero que haya escrito Mahler y lo más audaz en su visión armónica, que lleva al mundo de la Escuela de Viena; una belleza distorsionada que parece reflejo del cerebro reptiliano que todos tenemos y generalmente controlamos. El extenso Scherzo a su vez es sardónico y salta de un extremo a otro con una invención inagotable. El célebre Adagietto, de inigualable quieta melancolía, cita dos Lieder a cual más significativo: uno de los "Kindertotenlieder" ("Canciones para los niños muertos") y uno de los Rückert, de absoluta sublimidad: "Ich bin der Welt abhanden gekommen" ("Me extravié en el Mundo"). Pero lo liga a un amplio Rondó alegre y positivo que termina jubiloso (y es mucho mejor que el que corona a la Séptima,  en una onda bávara con demasiada cerveza).

            Ya la versión de Rattle con la Birmingham había sido muy buena pero ésta resultó superlativa: todo tuvo garra, claridad, sentido formal, sutileza en los pianissimi, colosal fuerza en los momentos de climax y comunicativa poesía en las grandes melodías. El rendimiento de los bronces fue magnífico, más allá de nimios detalles  (muy pocos) que evitaron la total perfección; las maderas cantaron, las percusiones coronaron los momentos más poderosos y las cuerdas tuvieron una riqueza y  calidad de timbre emocionante. Estamos teniendo un gran año Mahler; ésta fue la cumbre, pero no olvidemos las notables versiones de la Sexta por la Sinfónica y Chiacchiarini y de la Tercera por la Filarmónica y Diemecke: hacemos muy buen Mahler aunque no lleguemos al Everest.

            Hasta el último acorde habían tocado durante 93 minutos y yo pensé que no habría pieza extra pero la hubo: la Canción de cuna y el Final de la suite de "El pájaro de fuego" de Stravinsky, unos 7 minutos más: total 100 minutos. Música estupenda, muy tocada y que hemos escuchado con gran frecuencia en admirables interpretaciones; a ellas se agrega la de este concierto, donde la melodía del fagot idealmente expuesta en la Canción de Cuna, el ultra pianissimo de las cuerdas en la transición y la gran melodía folklórica pianissimo de la trompa en el Final fue creciendo  y creciendo hasta parecer un gigantesco coral en los últimos minutos llegando al ultra-fortissimo sin la menor estridencia.

 

            El segundo concierto fue algo menos interesante como programación. Por cierto que no objeto la Sinfonía fantástica de Berlioz, pero sí creo que hubo un error de criterio en la Primera Parte: Rattle eligió cinco de las ocho Danzas eslavas op.72 de Dvorák en vez de darnos el total. Cincuenta minutos de Berlioz más veinte de Dvorák equivalen a 70 minutos, contra los 93 del día anterior; la inclusión de las Danzas que faltaron (Nos. 5, 6 y 8) sólo hubiera añadido 13 minutos. Y aunque me adelanto, sumando la pieza fuera de programa (3 minutos) se llegaba a 16 minutos; más 70, 86 contra 100. Y aquí doy mi opinión: las Danzas eslavas de Dvorak en sus dos series, op.48 y 72, son las mejores danzas sinfónicas que se hayan escrito, muy superiores a las Danzas gitanas de Brahms (que sólo orquestó 3 de las 21 ¡y 6 fueron orquestadas por Dvorák!), ya que éstas se basaron en melodías existentes pero todo en Dvorak es creación pura y de máxima calidad dentro del género. Smetácek estrenó la serie op.72 con la Filarmónica en 1966   con gran éxito: nunca se repitió esa integral y lamentablemente nunca hubo una integral del op.42, que a mí me gusta todavía más (gana en brío y frescura en la comparación). Un espléndido disco de George Szell dirigiendo la Orquesta de Cleveland nos da las dos series y siendo un vinilo ¡dura 67 minutos con excelente sonido!. De paso, los originales de ambas series fueron para dos pianos;  las orquestaciones son magníficas y además cambian muchos detalles con respecto a la versión pianística. Las elegidas por Rattle fueron: Nº 1, una adzemek, danza saltada emparentada con la skocna; Nº2, una mazurka; Nº3, una skocna; Nº4, una sousedka (vals checo); y Nº7, un kolo, danza serbia en ronda, muy brillante. Debo decir que Rattle, no siendo checo, tiene evidente afinidad con su música y dio versiones muy auténticas, con brío simpático en las danzas rápidas y con sentimiento comunicativo en las más lentas y melódicas.  Y la Orquesta rivalizó con la Filarmónica Checa en pujanza y color.

            Hay obras que son hitos de renovación en la historia: lo fueron la Sinfonía "Heroica" de Beethoven, la Sinfonía Fantástica de Berlioz y "La Consagración de la Primavera" de  Stravinsky. Y tal es su riqueza de ideas que hasta al más avezado melómano le siguen sorprendiendo detalles que no había advertido; y nunca cansan. Escuché en vivo y en grabación un sinnúmero de versiones de la Fantástica y me sigue impresionando como muy pocas partituras. También es verdad que hay empatías, y yo siempre la tuve con Berlioz, sin duda el más gran creador de Francia hasta la llegada de Debussy. Es increíble que haya escrito su obra maestra en 1830 a sólo 27 años con  total dominio de su estilo y a sólo tres años de la muerte de Beethoven. Como Stravinsky, escribió mucha música notable después de la Fantástica (y Stravinsky, de "La Consagración…"), pero esa es la obra que señaló un camino fundamental: la "idea fija" inaugura el sentido cíclico en una sinfonía; el carácter programático tuvo sus antecedentes (especialmente la Sinfonía Pastoral beethoveniana), pero aquí alcanza una cima de la cual nacerá el poema sinfónico lisztiano; la orquestación es asombrosa y nada menos que Rimsky-Korsakov reconoce que sus propias ideas se derivan de la visita de Berlioz a Rusia; y la armonía innovadora así como la rítmica incisiva e inesperada y los contrastes dinámicos siguen resultando estimulantes; y además la obra es un sueño autobiográfico. En esa época el opio estaba de moda y el compositor inventa que la Sinfonía es el Episodio de la vida de un artista; bajo los efectos del opio, que ha tomado para olvidar que Harriet Smithson, la actriz que en Ofelia lo había prendado, lo rechazaba (en la vida real eventualmente se casaron). Y así, pasa por "Sueños y Pasiones", por "Un baile" (el más bello vals de la época, junto con la "Invitación  a la danza" de Weber), por la serenidad bucólica de la "Escena en los campos", por la Marcha al cadalso y finalmente por el "Sueño de una noche de sabbat", para mí la más genial parte de la sinfonía. Era deseo de Berlioz que después de la Sinfonía se escuchara "Lelio", en la que el compositor, desintoxicado, vuelve a la vida normal, e imagina una serie de piezas de estilos muy variados, alternando el recitado con las partes musicales. Música interesante y grata, pero en otro nivel de calidad que la Sinfonía. Conocí "Lelio" por la grabación de Boulez, que le hizo caso a Berlioz y que tuvo el privilegio de tener a Barrault como recitante; el gran actor había encarnado a Berlioz en una famosa biografía cinematográfica. En Buenos Aires la combinación se vio una sola vez en una versión historicista dirigida por Herreweghe pero que opacó la música con una disposición escénica que  tapaba parcialmente la orquesta y reducía su impacto.

            Y bien, como era de prever, la Fantástica es afín al sentido dramático y a la energía de Rattle, y con su virtuosa orquesta dio una versión para recordar. No haré comparaciones, serían demasiadas; pero esta versión fue una de las mejor dirigidas y sin duda la más excitante que he escuchado en vivo. La seguí con la partitura, y cada matiz indicado por el autor tuvo su exacta relevancia.

            Tras una tremenda ovación, Rattle agradeció en inglés y pareció muy contento. Él y la orquesta eligieron esa Fuga de Britten que es un prodigio de técnica e inventiva, además de ser todo un desafío para una gran orquesta por sus dificultades extremas. Escuché muchas veces en vivo la magistral obra de Britten,  las Variaciones y fuga sobre un tema de Purcell, y varias fueron admirables, pero la Fuga que comento fue apabullante en su perfección y vuelo, además de haber elegido Rattle un tempo muy rápido. El último minuto fue un final de fiesta, un alarde de jubilosa interpretación. Sólo puedo desear que Rattle y su orquesta vuelvan en algún próximo año, quizás incluyendo la obra completa. La plenitud interpretativa se aprecia rara vez y uno sale entusiasmado del teatro; lo vivido en estos dos días me volvió con frecuencia a la mente y a las emociones y me alegró la vida. No es poco en estos tiempos.

Pablo Bardin

Panorama de nuestras orquestas

             Este artículo va a cubrir conciertos de cinco orquestas: cuatro de la Capital y una de Tucumán.

 

ORQUESTA FILARMÓNICA DE BUENOS AIRES

 

            Enrique Arturo Diemecke es una paradoja: por un lado poses payasescas, comentarios absurdos,  como programador muy desparejo y dudoso, como director notable cuando la obra le es afín y tiene ganas de trabajar bien, o descuidado (sobre todo como acompañante) en aquello que no congenia con su temperamento o su estado de ánimo. En excelente estado físico y muy enérgico, es hombre orquesta con múltiples actividades fuera de la Argentina, lo cual le obliga a delegar en otros u otras cuando no está aquí. Pero hay dos autores donde si está en vena muestra lo mejor de sí mismo: Mahler y Richard Strauss. En la versión que ofreció de la monumental Tercera sinfonía de Mahler estuvo en el tope de su carrera, y con una Filarmónica inspirada y en espléndida forma, dieron una interpretación que sería  aplaudida en Londres o en New York con entusiasmo y sorpresa.  Por algo días después recibió un premio en México como gran divulgador mahleriano.

            Ya la Segunda, "Resurrección", había sido enorme y de tremendo impacto emocional. La Tercera es mucho más larga (una hora 40 contra la hora y 20 de la Segunda) y en cambio tiene menos participación vocal: una mezzosoprano, un coro femenino y un coro de niños, en vez de soprano, mezzo y amplio coro mixto. Claro está que el extremo monumentalismo lo tendrá la Octava, con siete solistas vocales y múltiples coros, raramente dada por su costo y gigantesca dificultad, sólo superada por una obra que nunca veremos, la Sinfonía Gótica de Havergal Brian.   Aquí la estrenó Grzegorz Fitelberg en 1931, toda una proeza en una época que todavía daba muy pocas de las sinfonías mahlerianas pese al ferviente entusiasmo de Bruno Walter. En el primer semestre de 1973 yo compartía en el Colón la programación de la Filarmónica con Pedro Calderón, director titular; él proponía las obras que iba a dirigir y yo  los programas para los otros directores. Y bien, Calderón, ardiente mahleriano, quiso exhumar la Tercera de Mahler y acepté entusiasmado, ya que tenía la grabación de Bernstein y había quedado impactado; la versión fue muy buena, y Calderón en años ulteriores volvió a la obra pero con la Sinfónica Nacional. Hubo otras dos interpretaciones de nivel: Franz-Paul Decker con la Filarmónica en su casi integral (la Octava no la pudo hacer porque el Coro del Colón era inflexible en sus horarios de ensayo, que no coincidían con la orquesta); y hace dos años, la admirable versión de Mehta con la Filarmónica de Israel con una mezzo que vino con él y los Coros Femenino y de Niños del Colón, facilitados por el teatro –esta vez sí. Los mismos que colaboraron esta vez con Diemecke.  Yo además tuve la suerte de escuchar una versión en Londres en el Albert Hall con la magnífica Orquesta Juvenil de Inglaterra en la serie veraniega de los Proms.

            La Tercera sigue siendo un gran desafío. Dijo Mahler: "Para mí crear una sinfonía significa construir un mundo con todas las herramientas técnicas disponibles. El contenido siempre renovado y cambiante determina la forma". La Tercera es "un poema musical que abarca todas las instancias de desarrollo en orden progresivo". "Empezando con la naturaleza inanimada, los movimientos retratan la vida vegetal, la de los animales, la del hombre, la de los ángeles, y finalmente la transfiguración de la vida a través del amor a Dios", dice  David Johnson. El enorme primer movimiento (35 minutos) tiene un sorprendente título: "Se despierta Pan: marcha el Verano". La descripción de Bruno Walter es memorable: "Con sus fanfarrias de trompeta, redobles de tambor, vulgaridades drásticas, enérgicos ritmos de marcha, con  su majestuoso solo de trombón y trinos susurrantes de las cuerdas con sordina, más que compuestos parecen descriptos una abundancia de extraños eventos y pensamientos. Sólo están parcialmente explicados por el título".  Agrega (y coincido): "Dos climas opuestos básicos llenos de pánico" (en el sentido del dios Pan), "inflexibilidad primordial y salvajismo movido por la lujuria, se transforman en  una plétora de imágenes musicales". Por mi parte, quiero insistir en la prodigiosa variedad de ideas nuevas de orquestación, al menos tan innovadoras pero distintas que las de Strauss. Ya el comienzo es único: nada menos que ocho trompas al unísono entonan una canción de marcha austríaca que es parecida a la gran melodía de cuerdas graves en el Finale de la Primera de Brahms. Más tarde un extenso solo de trombón entona una extraña melodía de raro poder sugestivo, y como contraste el concertino toca un tema alegre y simple. De modo libre estos elementos logran conformar una forma sonata que termina en páginas frenéticas para cerrar el movimiento. 

            Después del cataclismo inicial, el segundo movimiento, "Lo que las flores me dicen", es un encantador Tempo di menuetto lleno de sutilezas, aunque con un Trío bastante pícaro. El tercer movimiento, "Lo que me dicen los animales del bosque", más bien se refiere a los pájaros, ya que los temas principales son el cucú  en clarinete y el ruiseñor  en el Piccolo; pero hay un trasfondo triste en este scherzando ya que está basado en una canción de "Des Knaben Wunderhorn" sobre la muerte de un ruiseñor. Y otro factor aparece: una melodía de cuerno de postillón (generalmente tocado en trompeta) que recuerda a "Carnaval en Venecia" y cuya correlación con los animales resulta extraña. El cuarto movimiento es en realidad una canción metafísica: "Lo que me dice la Noche", sobre un texto de Nietzsche de "Así habló Zarathustra". Muy lenta y con grandes silencios, la mezzosoprano canta  un texto enigmático, que cito muy cortado: "¡Oh hombre! Profunda es su angustia, la alegría más profunda aún; ella quiere Eternidad", y en esa frase la música se expande. El quinto, "lo que me dicen las campanas matutinas", se inicia con júbilo; nuevamente es un texto de "Des Knaben Wunderhorn". Los niños-ángeles cantan "Bim-bam" como campanas, y el coro femenino cuenta una pequeña historia: "Tres ángeles cantaron una canción tan luminosa que el Cielo tañó con delicia: San Pedro está liberado del pecado". Pero el solo de contralto dice: "He roto los Diez Mandamientos; me voy llorando amargamente". "Ten piedad de mí". Y los "Bim bam" adquieren una triste pátina. Sin embargo el coro femenino dice a la pecadora: "Ama a Dios con corazón y alma si la alegría celestial es tu meta". Y los niños: "La Sacra Ciudad de Dios enviará alegría sin fin". Los dos coros: "El reino de Dios es nuestro a través de la salvación de Jesucristo". Y llegamos al estupendo sexto movimiento: "Lo que me dice el amor", ya sin voces. Dice Johnson, con razón: "es la música más bella y conmovedora que Mahler escribió, junto con el final de la Novena, el Adagio de la Décima y el cierre de "La canción de la Tierra". La noble melodía de las cuerdas en valores largos va muy gradualmente hacia la extática y plena culminación con toda la orquesta. Aquí lo metafísico se siente como una realidad. Son 25 minutos extraordinarios.

            Es reconocida la fenomenal memoria de Diemecke, equiparable a la de Barenboim o Karajan. Con absoluta seguridad gestual y sin un átomo de vacilación, desplegó cien minutos de música con total control, en una interpretación muy respetuosa de la partitura, que siempre tuve delante mío. Y voy a destacar algunas cosas en la orquesta: la firmeza de las trompas; el rotundo solo de trombón; el nostálgico solo de trompeta (en vez del cuerno de postillón) apenas con un nimio desliz; la calidad de los primeros atriles de maderas; el bello sonido masivo de las cuerdas y especialmente la riqueza de timbre de violoncelos y contrabajos; la solvencia de la percusión.  Tocó bien el concertino invitado Nicolás Favero, aunque con un sonido algo parco. En el canto, el "Bim Bam" de los niños aunque correcto quedó algo apagado; el coro femenino se escuchó mejor y  bien afinado. Y Adriana Mastrángelo es una muy buena mezzo en material que necesita de un timbre más oscuro, de contralto. Estas pequeñas reservas no obstan para considerar a esta Tercera de Mahler un punto alto del año sinfónico.  Vale la pena resaltar que tocaron 122 músicos, 17 de ellos contratados para este concierto.

           

            El siguiente concierto de la Filarmónica contrastó por la modestia de las fuerzas necesarias y por su concentración en obras escritas entre hacia 1760 y 1816: preclasicismo, representado por Leopold Mozart (1719-1787), clasicismo por Wolfgang Amadeus Mozart (1756-91) y pre-romanticismo por Franz Schubert (1797-1828). El triestino Emmanuele Baldini, violinista y director, actualmente es concertino de la Sinfónica del estado de Sao Paulo. Dos curiosidades: en el mismo abono más tarde en el año actuará Cristian Baldini, director argentino que vive en Estados Unidos; y es extraña la cantidad de brasileños o europeos instalados en Brasil que contrata Diemecke; ¿motivo?

            Baldini estudió violín con Ruggiero Ricci y dirección con Karabtchevsky, que es brasileño; Baldini fue concertino de la Orquesta de la Scala y desde 2005 está en Brasil. Visitó el Colón dirigiendo la Orquesta Académica del ISA y desde 2007 es director de la Orquesta de Cámara de Valdivia, Chile.

            Si quien me lee estuvo en el concierto y tuvo intriga por conocer a Leopold Mozart como compositor, le anticipo mi opinión; es de segunda categoría, ni siquiera de primera B; como empresario de sus hijos fue exitoso y explotador. Una vez que Wolfgang llegó a la adultez cometió el error de seguir muy ligado a él, cuando su genio debía desplegarse solo. Sólo salieron once músicos (diez cuerdas y un  fagot) para tocar la Sinfonía burlesca de Leopold, en cuatro breves movimientos: Sinfonía (en el sentido preclásico de pieza inicial), Hanswurst (Minueto); Il signor Pantalone (Andante) y Arlecchino (Allegro). Hanswurst es una figura cómica del teatro alemán en los siglos XVI y XVII, y por supuesto los otros dos son de la commedia dell´arte. La obra apenas dura 12 minutos y es una aplicación de la técnica del momento sin la menor originalidad ni humorismo. Al menos hasta 2000 tenía dos grabaciones, del Conjunto Melkus y de la Orquesta de Cámara de Munich; presumo que aquí es una primera audición. El grupito sonó bien y el director conoce el estilo.

            Sólo cinco son los conciertos para violín autenticados de W.A.Mozart (el 6º es con seguridad un "a la manera de" muy posterior y el 7º es dudoso aunque suena más de época). El Nº1, en Si bemol, K.207, data de 1773 (17 años) y tiene influencia del estilo italiano. Los otros cuatro son muy superiores y datan de 1775 (sus 19 años).  Sin embargo, el Nº1 es siempre grato, si bien repite demasiado fórmulas de ese período. Allí se comprobó la sólida técnica de Baldini, con un sonido adecuado para esta música (no sé cómo se mediría con un concierto romántico); añadió algunos ornamentos, de buen gusto, y la orquesta, ya de un tamaño más normal (sólo cuerdas, oboes y trompas) colaboró con profesionalismo.

            La Sinfonía N º4, en do menor, D.417, "Trágica", es sin duda la mejor de las primeras seis de Franz  Schubert. Es asombrosa su madurez a los 19 años  y todos los movimientos tienen una calidad genial; la nobleza melódica, los arranques rítmicos enérgicos y expresivos, la continuidad, la influencia beethoveniana asumida pero con un toque propìo, hacen de la Cuarta una obra de absorbente interés. Con una orquesta que respondió bien y una dirección claramente orientada, se tuvo una interpretación respetable, aunque sin la garra que p.ej. supo darle Antonio Russo hace ya bastantes años.  Un concierto bastante breve, de apenas 65 minutos, hubiera necesitado del agregado de algo más sustancioso en la Primera Parte. Por otro lado, es bueno que la Filarmónica pase del hiper-romanticismo mahleriano a estos estilos más límpidos y controlados. Grandes directores suelen decir que no hay como una sinfonía de Haydn para darle control y claridad a una orquesta. Bernstein pensaba y Rattle piensa así. Una objeción: por qué invitar a un virtuoso como Xavier Inchausti como concertino invitado en un concierto que no le permite ningún solo; vuelvan a invitarlo pero con un programa de envergadura que utilice sus talentos. Por otra parte, jubilada Haydée Francia persiste esta anomalía: tienen a un gran concertino como Pablo Saraví desde hace más de dos décadas pero no lo promueven al puesto de concertino principal, que bien lo merece.

 

ORQUESTA SINFÓNICA NACIONAL

 

            El concierto del 17 de abril fue dirigido por Rodolfo Saglimbeni, experimentado artista de gran actuación en su país pero que en años recientes ha trabajado bastante en Chile y Argentina.  Antes de empezar hubo una nueva queja de la Sinfónica ante la indiferencia del Estado; varios desplegaron una larga bandera que enfatizaba que la orquesta sigue en crisis, y un señor muy correcto dijo que le iban a preguntar a Avelluto qué destino le iba a dar al dinero de la Sinfónica proveniente de la resolución positiva del Congreso de inyectar nuevos fondos, ya que pasan las semanas de la temporada sin que se sepa nada. Luego Saglimbeni suplió la falta de información de los deplorables programas de mano de la Ballena  presentando con buen criterio las obras que se iban a escuchar en un programa atrayente.

            Tiempo atrás comenté que Eduardo Alonso-Crespo es de nuestros mejores compositores tonales, y esto volvió a resultar claro con el estreno local de "El valle de los menhires", tres movimientos expresivos y bien escritos sobre ese valle del Tafí que tiene una notable colección  de menhires; hubo variedad, inteligente orquestación y sentido melódico y armónico, así como coherencias en la forma. Y la Orquesta tocó con calidad.

            Se escuchó luego el menos difundido de los conciertos maduros de Dvorák, el de piano. Los veteranos podemos recordar la magnífica versión de Firkusny y en grabación a Sviatoslav Richter y al mismo Firkusny. De gran virtuosismo, sólo está al alcance de técnicas muy desarrolladas y manejadas con fuerte control; el argentino Emilio Peroni (un hermano suyo es violista en la Sinfónica) está radicado en Alemania desde hace largo tiempo y allí tiene una carrera muy sólida como concertista y docente. El concierto tiene menos belleza que el de violoncelo e incluso que el de violín, con demasiado ornamento y más lisztiano que brahmsiano, con menos interés melódico y estructural, pero sigue siendo una obra válida y digna de escucharse de vez en cuando. Y en las privilegiadas manos de Peroni todo pareció fácil y sin exageraciones, siempre límpido, sin ensuciar las endiabladas figuraciones, con volumen suficiente; por su parte Saglimbeni acompañó con prestancia y la orquesta colaboró con entusiasmo y precisión.   

            Coincido con el director; la Segunda sinfonía, "Pequeña Rusia", de Tchaikovsky, es una muy valiosa obra, la mejor de las tres primeras, a mi juicio todas atrayentes y que no se deben olvidar. "Pequeña Rusia" es Ucrania y no está de más recordar que la historia rusa empezó en Kiev; ahora son independientes y ojalá sigan siéndolo ya que tienen grabado el casi genocidio que cometió Stalin contra ellos. Pero volviendo a la música, es realmente muy interesante. El comienzo lento en menor es muy dramático y el Allegro siguiente tiene una estructura muy trabajada y una notable orquestación. En vez de un movimiento lento, hay una marcha Allegretto humorística de gran encanto, sigue un scherzo con un tema rítmicamente innovador; y sólo sobre el final del brillante último movimiento puede pecar el compositor de rimbombante. En la interpretación la orquesta demostró estar muy bien preparada a pesar de que tuvieron un ensayo de menos, y Saglimbeni demostró ser un músico de primera agua  que logró una empatía evidente con los músicos.  

 

            Razones varias de salud y de finanzas me han atrasado, y paro aquí; las otras orquestas serán analizadas en otro artículo; de modo inmediato después de este artículo vendrá el de la Sinfónica de Londres.

Pablo Bardin



lunes, mayo 13, 2019

El Colón estrena “A tramway named Desire” de Andre Previn

            A mí, como a tantos otros de mi generación, "A Tramway named Desire" ("Un tranvía llamado Deseo") de Tennessee Williams me refiere a la película de Elia Kazan en la que Marlon Brando se consagró como gran estrella haciendo del polaco Stanley Kowalski y Vivien Leigh como Blanche Dubois agregó otro gran personaje sureño después de "Lo que el viento se llevó". Pero conviene agregar que fue Kazan quien estrenó la pieza original y fue allí donde Brando se reveló como gran ejemplar del Actors Studio, esa escuela tan influyente de interpretación natural y directa. No tuve el placer de poder apreciar esa pieza ni en inglés ni en castellano, de modo que fue la pelicula lo que me marcó y la vi varias veces; me convertí en entusiasta de Kazan, que también tuvo a Brando en "Nido de ratas" y "Zapata".

            Hará una década tuve ocasión de conocer la ópera que con texto de Philip Littell había creado André Previn (su primera ópera, escrita a los 68-69 años) en una notable versión DVD con la gran figura de Renee Fleming, magnífica en su Blanche, y me impresionó bien, aunque sin entusiasmarme más allá de esa gran artista en su plenitud. En la versión en CD de 1998 la Orquesta de la Ópera de San Francisco fue dirigida por el autor, Kowalski fue Rodney Gilfry, Elizabeth Futral interpretó a Stella y A.D.Griffey a Mitch; no estoy seguro de si esos datos son idénticos en el DVD (lo vi en casa ajena).

            Creo que la mejor pieza de Williams es "El zoológico de cristal" ("The Glass Menagerie"), 1944, vista aquí en castellano en buena versión, ya que están sus conflictos sin la exageración cada vez mayor de las posteriores y además hay una sutileza que luego fue desapareciendo, aunque está todavía en varios pasajes de "Un tranvía…", de 1947 (Premio Pulitzer). Varias fueron trasladadas al cine, no sólo estas dos; vale la pena mencionar "Summer and Smoke" ("Verano y humo"), "The Rose Tattoo" ("La rosa tatuada"), "Cat on a hot tin roof" ("El gato sobre el tejado de zinc caliente"), 1955, duro drama que vi en Broadway y en cine y que también ganó el Pulitzer. Varias más fueron películas con grandes estrellas y contenidos cada vez más sórdidos. 

            El mundo de Tennessee (verdaderos nombres Thomas Lanier) es el Sur de la inmediata posguerra y lo que le interesa es explorar las psicologías de personajes del pueblo. Desire (Deseo), curiosamente, era realmente el nombre de una parada de tranvía en el New Orleans de entonces. En su infancia Blanche y Stella Dubois vivieron en cierta opulencia en una gran propiedad, Belle Reve, pero la muerte del padre y la codicia de parientes terminó con todo eso y las hermanas tomaron caminos distintos; Stella  fue a New Orleans y se casó con un  obrero de raigambre polaca, Stanley Kowalski; Blanche cae en la pobreza y tras años de ausencia llega a la casa de Stella pidiéndole asilo. Sólo tres mediocres y pequeños ambientes: un comedor-estar, un dormitorio y un baño. Blanche aparece de sopetón y si bien Stella la quiere y trata de defenderla, el violento contraste entre una ex mujer rica que en la miseria no perdió sus ínfulas y que pone de relieve la pobreza y mal gusto de Stanley, hombre sensual y rudo cuya gran diversión es jugar  al poker con amigos y alcohol, no tarda en provocar enfrentamientos. Pero Kowalski investiga y al final queda claro que Blanche ha seducido a muchachos y su mala reputación hizo que la echen de otra ciudad, Laurel. Stanley se enoja con Stella y borracho la golpea; luego, ya sobrio, recapacita, y con  grandes gritos de "Stella", logra que ella lo reciba y que hagan el amor; Stella sabe de la vulgaridad de Stanley, pero también que él la quiere y no la engaña.

            En una trama paralela un amigo de Stanley, Mitch, va cortejando a Blanche; ella gradualmente va contándole cosas de su vida, incluso un momento crucial, el haberse casado a los 16 años con un muchacho de 18, haberlo sorprendido en unión carnal con otro hombre y haber provocado (ella cree, arrepentida) el suicidio del muchacho. Más tarde, al enterarse por Stanley de lo acontecido en Laurel, Mitch corta relaciones con Blanche.  Antes Stanley en el día del cumpleaños de Blanche le "regala" un pasaje de ferrocarril para que se vaya de la ciudad. Esto y la ruptura con Mitch desequilibran la razón de Blanche; y luego en un acto de ira Stanley la viola. Al final, un médico y una enfermera la llevan a un asilo mental; dependerá de "la bondad de los extraños".

            El berlinés Previn (en realidad, Priwin) tuvo una amplia y variada carrera; autor de la música o de los arreglos orquestales de gran cantidad de musicals cinematográficos como "Gigi", notable pianista de jazz,  pasó luego a ser un muy reconocido director de orquesta con gran cantidad de grabaciones, llegando a ser titular de la Sinfónica de Londres, la Filarmónica de Los Angeles y la Royal Philharmonic Orchestra.

            Tras "Streetcar" escribió otra ópera, "Brief encounter" (cuyo tema fue notable película inglesa de la inmediata posguerra) y a su reciente muerte dejó terminada "Penelope", ópera de cámara que se estrenará en Tanglewood.

            En cuanto al libretista Littell, conservó las situaciones dramáticas principales pero redujo las 17.000 palabras de Williams a 7500 y eliminó personajes secundarios. Es un buen libreto, dando fiel imagen de Blanche, Stanley y Stella; sólo parece demasiado neutro y débil Mitch. Tanto poética como musicalmente, lo mejor es la tercer aria de Blanche, "I want magic!".  En cuanto a la música, es admirable la calidad de orquestador de Previn, la riqueza de ideas de los interludios orquestales, y el clima que logra con la aparición de la mujer mexicana y su fantasmagórica voz en off, creando un clima de angustia y posible muerte. Pero mucho es recitativo correcto, palabras entonadas sin mayor relieve musical. Sin embargo, la exaltación del relato autobiográfico de Blanche y la creciente rudeza de Stanley están dados  con realismo, y la bella melodía de Stella en un momento tenso logra alivianarlo.

            En suma, este estreno es plausible, pero óperas del siglo XX muy importantes  siguen sin conocerse aquí; basten tres ejemplos: Hindemith, "Mathis der Maler"; Henze: "Der Junge Lord"; Britten, "Billy Budd". Y agrego una obra de Estados Unidos: "Vanessa" de Barber. Y otra de Janácek: "De la casa de los muertos". Descarto por dificultad de idiomas notables óperas de Finlandia o las danesas de Nielsen.

            La puesta fue valiosa. Después de larga ausencia la tuvimos de vuelta a la argentina Rita Cosentino, que ha trabajado mucho en Europa, y que demostró mucho conocimiento del estilo adecuado y notable manejo de personajes, salvo una débil escena de violación, poco sugerida.  Y tuvo un equipo local de calidad: Enrique Bordolini supo dejar de  lado su natural tendencia a las grandes escenografías y en cambio propuso tres habitaciones simples, con detalles de época, y en el fondo carteles lumínicos de lugares de entretenimiento; Gino Bogani, tan hábil para lo lujoso, aquí deja todo bien simple salvo para Blanche, con ropa recargada de pobre con pretensiones de rica; y José Luis Fiorruccio se atiene a luces muy controladas y en general tenues. Y se añade algo muy imaginativo: el diseño de videoescena de Álvaro Luna, que en ciertas partes crea un clima atemorizador.

            El director de orquesta fue el irlandés David Brophy (debut), cuya labor se desarrolló básicamente en su país de origen, donde dirigió esta obra. También ha tenido considerable carrera en Estados Unidos, con orquestas como la Sinfónica de Pittsburgh o la Sinfónica Nacional de Washington. La Estable respondió muy bien a una conducción conocedora y profesional; la música se oyó bien ensayada, con texturas y ritmos bien americanos, tocada con soltura y cohesión, incluso en esporádicos elementos derivados del jazz. De paso, esta ópera no tiene coro.

            El folleto anual anunciaba a Daniela Tabernig como Blanche, pero fue reemplazada por Orla Boylan (debut). Especulo que puede haber sido por la muy difícil y cercana labor que hizo en "Powder her face" de Adès. El rol de Blanche es muy demandante y extenso y en los dos casos se trata de mujeres maduras  con una fijación sexual que han sido ricas y pasaron a ser pobres; quizá no tuvo tiempo suficiente para asimilar tanto texto y tanta música. En cuanto a Boylan, ha tenido una carrera importante, pese a que su nombre no ha trascendido aquí, pero debemos admitir que estamos en general muy mal informados, salvo  ese pequeño grupo que hace viajes operísticos año tras año. Boylan, irlandesa, cantó en famosos teatros roles como Arabella, Ariadne, Tosca y Turandot. Es una voz grande con bastante vibrato (lo fue domando), conoce muy bien el personaje y lo cantó con creciente intensidad para lograr

sus mejores momentos  en el aria autobiográfica en la que cuenta el suicidio de su joven amante, y su aria del Tercer Acto, unida al mar, poética y sutil (lo único que fue aplaudido separadamente). Actúa bien pero carece de carisma y su físico es algo amplio para un rol que necesita  belleza (cómo olvidar a Fleming). Impresionó muy bien David Adam Moore como Stanley: voz firme y poderosa, capacidad de actor, buen físico, dio un retrato convincente del personaje. Él también ha trabajado largamente en teatros  como La Scala, el Met y Covent Garden, y tiene nada menos que 60 roles en su repertorio.  Si bien la voz de Sarah Jane Mahon no es muy sonora, tiene un grato timbre y canta afinada y  con seguridad; además se mueve bien y con simpática presencia. Carrera sobretodo americana, también cantó en Munich y Viena. Según la biografía de Eric Fennell, nacido en Pennsylvania, cantó roles más bien líricos como Rodolfo o el Duque de Mantua en teatros americanos y algunos europeos. Si bien Mitch es  un personaje dominado por Blanche y tiene poco que cantar, su manera apática lo colocó más relegado que lo necesario; su timbre no atrae. Fennell, Mahon y Moore debutaron; en cambio, Victoria Livengood hizo aquí "El Cónsul" de Menotti en 1999 (la secretaria) y  "The Rake´s progress" de Stravinsky en 2001. Interpretó más de 100 roles en variados lugares y cantó 125 veces en el Met. Ahora hizo Eunice, la vecina de Stella, que varias veces la ayuda y reconviene a Stanley; la voz está algo áspera, pero el personaje lo hizo con soltura. Darío Leoncini (Steve Hubbell, jugador) y Joaquín Tolosa (Pablo Gonzales) completan la mesa de poker con Stanley y Mitch. Pablo Pollitzer hace de joven diariero que debe sortear un intento de conquista de Blanche;   tiene la experiencia para salir del paso. El elenco se completó con la mezzo Alicia Ceccotti como Mujer  Mexicana y Enfermera y con la sobria presencia de Eduardo Marcos como Médico.

Pablo Bardin 

Mozarteum inicia temporada de abono y conciertos de mediodía

            Este artículo tiene tres partes: el primer concierto del abono del Mozarteum Argentino en el Colón, el primero de los Conciertos de Mediodía y la programación 2019 de estos últimos.

 

PRIMER CONCIERTO DE ABONO

 

            Se presentó la Venice Baroque Orchestra y me quedé pensando porqué no se llama Orchestra Barocca di Venezia; a qué viene el inglés en un conjunto donde todos son italianos salvo uno, y en buena parte venecianos. (I Musici no se llamaba The Musicians). Y si no, ya que vienen aquí, Orquesta Barroca de Venecia. Tal como nos llegaron fue un conjunto de cuerdas: cuatro primeros violines (concertino Gianpiero Zanocco), tres segundos, dos violas, dos violoncelos, un contrabajo, un laúd (raro, generalmente se agrega archilaúd, también llamado tiorba, ya que tiene más volumen) y clave.

            Fundada en 1997 por el investigador y clavecinista Andrea Marcon, la Venice Baroque Orchestra (lo dejo así ya que supongo motivos comerciales; en inglés vende mejor…) tiene un currículum formidable de reestrenos: p.ej., las óperas "L´Orione" de Cavalli, "Atenaide" y "Andromeda Liberata" de Vivaldi, "La morte d´Adone" de Benedetto Marcello y "La Clementina" de Boccherini (ya en el clasicismo). En La Fenice de Venecia "Siroe" de Händel y dos "L´Olimpiade" de Galuppi y de Cimarosa. En tiempos recientes acompañaron a nuestro contratenor Franco Fagioli en conciertos desde Londres al Japón o a la mezzosoprano Magdalena Kozena en los Festivales Enesco o al mandolinista Avi Avital en el Festival de Schleswig-Holstein. Y por supuesto han realizado grabaciones importantes, como arias de Porpora con Philippe Jaroussky, o "L´Olimpiade" de Metastasio  (fragmentos de las diversas versiones de este libreto famoso) o el estreno mundial de la mencionada "Andromeda Liberata" vivaldiana. Y conciertos para violín  y "Las cuatro estaciones" de Vivaldi con el solista que los acompañó en esta visita porteña: Giuliano Carmignola.

            Este artista fue discípulo de nada menos que Nathan Milstein, Franco Gulli y Henryk Szeryng; se especializó en el siglo XVIII  y fue solista con grandes directores, no historicistas (Abbado, Inbal, Maag y Sinopoli) e historicistas (Pinnock, Marcon, Hogwood, Brüggen, Bolton, Antonini). Ya desde los Setenta trabajó con I Virtuosi di Roma, Sonatori della gioiosa Marca, Il  Giardino Armonico, Concerto Köln, Academy of Ancient Music, Accademia Bizantina. Últimamente también ha sido director invitado de la Academy of Ancient Music, la Orchestre de Chambre de Paris y la Orchester der KlangVerwaltung. Últimamente graba en exclusividad para Deutsche Grammophon, incluso las Sonatas y partitas de Bach.

            En la Primera Parte las tres obras iniciales fueron tocadas por el conjunto sin Carmignola. Vivaldi de entrada: la Sinfonía en Do para cuerdas y bajo continuo de "L´Olimpiade", RV 725 (RV es catálogo Ryom  y Sinfonía equivale a Obertura); espléndida pieza de inconfundible autor, da ganas de escuchar la ópera entera y fue ejecutada con prestancia, ajuste y brillantez. En tres breves movimientos, fue solista el concertino en el andante y el "concertado" final; demostró su solvencia Gianpiero Zanocco. Luego, el Concierto a cuatro Nº 3 en Re para cuerdas y bajo continuo de Baldassare Galuppi (1706-85), muy fecundo autor más conocido por sus óperas, pero nada manco en la música instrumental. Gran creador del "dramma giocoso" goldoniano, también fue Maestro de Coro de San Marco y escribió unas 200 obras sacras; y como clavecinista produjo 130 sonatas. Había estudiado la tradición contrapuntística veneciana con Antonio Lotti; allí abrevó Galuppi para sus "Siete conciertos a cuatro voces"; en efecto, aquí son cuatro los solistas que dialogan con el "ripieno"(miembros no solistas del conjunto), o sea que se trata de un "concerto grosso". Es música muy bella y tengo la impresión de que invirtieron el segundo y el tercer movimientos, ya que el final fue brillante, no un Andantino; si fue así, no me parece una buena práctica, pero ello no quita que la ejecución fuera de alto nivel. Benedetto Marcello criticó el exceso de ornamentación en las óperas y se distinguió por sus salmos y cantatas de puro estilo y magistral contrapunto. La Sinfonía en Sol mayor para cuerdas y continuo, C 779, fue la página de inicio en tres movimientos breves de la cantata profana "Clori e Tirsi" y nuevamente el conjunto demostró estilo y profesionalismo. (Para los datos me baso en las excelentes notas de programa de Claudia Guzmán).

            A partir de la cuarta obra fue solista Carmignola. Y todo fue Vivaldi. Dentro de su enorme producción instrumental priman los conciertos para violín en cantidad asombrosa, prueba evidente del talento de las huérfanas del Ospedale della Pietà, con las que trabajó  muy largos años. El escrito en Fa "Per la solennità di San Lorenzo", RV 286, es raramente ejecutado; es la segunda versión la que se oyó. El primer movimiento no es el típico Allegro, sino que se inicia "Largo e spiccato" ("Lento y resaltado") para luego pasar a un tempo rápido; difícil y original. Sigue un expresivo Largo y termina con un Allegro non molto  intenso. Carmignola, que tiene una muy larga carrera, con seguridad pasa ampliamente de los 60 años pero no se le notan: su concentración y habilidad técnica fue evidente tras unos pocos minutos de escucharlo, así como su conocimiento del repertorio barroco. También se notó la mutua empatía entre solista y orquesta, ya que han tocado mucho juntos. Pero…patea; sí, patea; ¿se da cuenta y no lo puede evitar por su tensión nerviosa? No lo sé, pero ciertamente molesta. Siguió el Concierto en mi menor para violín, cuerdas y continuo, RV 281, en los habituales Allegro-Largo-Allegro, pero teñido por la tonalidad menor y la originalidad armónica. También raramente escuchado (son tantos que pocos se tocan con frecuencia), vuelve a demostrar cuánto hay que descubrir y que la boutade de Stravinsky sobre Vivaldi ("escribió 600 veces el mismo concierto") es falsa.  Misma calidad de ejecución y mismas patadas.

            Y en la Segunda Parte, "Las Cuatro Estaciones" vivaldianas, ciertamente la obra instrumental más grabada del Barroco italiano. No niego que sea una maravilla, ¿pero no podrían haber evitado repetirla, cuando la escuchamos varias veces cada año? Si bien el Mozarteum no la dio en el ciclo de abono en años recientes, no hay melómano que no la haya escuchado en vivo muchas veces en una década y que no tenga varias grabaciones. Por mi parte, la conocí de modo inolvidable, dos veces en una semana por rara casualidad con los mismos intérpretes, los mejores del mundo en ese momento: Félix Ayo con I Musici. Fue en febrero 1956, en New York y en Middlebury, Vermont; yo estaba en transición, justo antes de empezar estudios en EEUU; cuando volví a Buenos Aires a principios de 1958 compré la caja de "Il cimento dell´armonia e dell´invenzione"; "Las cuatro estaciones" inician la serie de doce conciertos; y los intérpretes fueron los mismos. Entonces y ahora, la creo la mejor grabación de esta obra, pese a haber escuchado otras valiosas a partir de los Solistas de Zagreb de Janigro. Y cuanto el Mozarteum trajo a I Musici en 1964, ellos incluyeron la obra, siempre con Ayo. Luego hubo muchas visitas más con distintos solistas cuando Ayo pasó a formar parte del notable Cuarteto Beethoven de piano y cuerdas, también huésped frecuente del Mozarteum. Y bien, pasaron las décadas y apareció el historicismo, que ciertamente es interesante y permite fraseos distintos y gran virtuosismo de otro tipo; Manfred Kraemer es nuestra gran figura y ha realizado notables conciertos vivaldianos. Pero se puede ser historicista sin extravagancia, como Kraemer; en cambio Carmignola fue francamente extraño en sus fraseos, sus retrasos de tempo, y en particular su versión propia y casi "recompuesta" de los movimientos lentos, hasta hacerlos a veces casi irreconocibles; y una velocidad en los presto admirable como acrobacia (también del conjunto, que obviamente lo siguió) pero excesiva. En suma, lleno de sorpresas y a veces de hallazgos pero muy discutible. Las patadas disminuyeron bastante (¿le habrán avisado en el intervalo?).

            Hubo tres piezas fuera de programa. Las primeras dos, 1º y 3º movimientos del Concierto en Do, RV 180, "Il Piacere", muy atrayente, y donde el violinista pareció aquietarse y evitó exabruptos  (es verdad que no conozco los conciertos que tocó en la Primera parte pero no sentí en ellos el afán de ser diferente que me pareció flagrante en "Las Cuatro Estaciones"). Me gustó el genuino cantabile que el violinista le supo dar al bello Largo del Concierto para violín en La, D.96, de Giuseppe Tartini, ya de otra generación yendo al clasicismo y un compositor de primera agua mal conocido más allá de la  trillada Sonata "El trino del diablo", tantas veces escuchada en versión romantizada. Fue un buen final.

 

CONCIERTOS DE MEDIODÍA

 

            Sí, los Conciertos de Mediodía cumplen 60 años, desde que Jeannette Arata de Erize los fundó con la premisa de dar buena música gratis durante una hora para aquellos que no podían pagar el abono. Estaban previstos para los que trabajan en el Centro y pueden contar con una hora larga libre (hay que ir y volver) aunque el dilema de cuándo almorzar aparentemente no se planteó. Sea como sea, en sucesivos lugares fue un éxito y pasaron por ellos grandes artistas locales y extranjeros. Ya desde el año pasado dejaron el Gran Rex, abrumados por los frecuentes piquetes, y probaron el CC ex Correo, tanto en la Sala Sinfónica como en la Sala Argentina. Menos problemático que el Gran Rex, pero sin embargo está cerca de la Casa Rosada y a veces es difícil llegar.

            Nuestro notable Cuarteto Petrus tuvo el honor bien merecido de inaugurar el año

60, precedido por un sucinto discurso de Luis Alberto Erize, hijo de Jeannette y actual Presidente del Mozarteum, quien apoyado por la siempre vigente y admirable Directora Artística Gisela Timmermann, y él mismo brazo derecho de su madre durante largas décadas, siguen llevando adelante la tradición del Mozarteum contra viento y marea.

            La Ballena, como a mí me gusta seguir llamándola, tiene una acústica muy vívida que favorece a un cuarteto de cuerdas, así como resulta problemática para los bronces que se escuchan estridentes; en el Gran Rex era al revés. Los espléndidos integrantes del Cuarteto son Pablo Saraví, Hernán Briático (violines), Adrián Felizia (viola) y Gloria Pankáeva (violoncelo). Eligieron un programa de gran belleza y densidad, tributo a Viena. Si bien Mozart escribió 23 cuartetos y a partir del Nº 14 casi todos son importantes, por razones de tiempo y no sólo de calidad eligieron el Adagio y fuga en do menor, K.546, de 1788, donde el Adagio tiene una armonía adelantada a su tiempo y la magistral fuga revela el extraordinario dominio contrapuntístico que Mozart había logrado estudiando a Bach y que tuvo su coronación en el Finale de la Sinfonía "Júpiter", del mismo año (qué grotesco que no se haya escuchado en vida del compositor…). Ya en esta obra reflejó el Petrus su gran nivel, tanto en el completo profesionalismo de cada miembro por su comprensión del estilo. Y luego, el Cuarteto Nº 14, "La muerte y la doncella", en re menor, de Franz Schubert, el mejor y más famoso de los 15; data de 1824, cuando sólo tenía 27 años pero ya había alcanzado su total madurez como el más gran creador del pre-romanticismo, para mí mal llamado así aunque es lo generalmente aceptado, ya que  considero a esta obra romanticismo pleno. El fuerte dramatismo del primer movimiento, el Tema con variaciones que le sigue sobre el Lied "La muerte y la doncella" ("Der Tod und das Mädchen"), el incisivo Scherzo y el rápido Finale (sin embargo con episodios líricos) son todo un desafío para ese perfecto diálogo que es (o debería ser) un cuarteto; por cierto los Petrus lo entienden cabalmente y sin perder un segundo su concentración nos dieron casi 40 minutos de música intensa y emocionante expresada noblemente.

            Y luego una grata sorpresa: Saraví tomó la palabra y tras felicitar al Mozarteum y agradecer que los hayan elegido, confesó que ellos cumplen su primera década; y decidieron ofrecer a la institución un regalo especial: "Happy birthday to you" en el estilo de grandes compositores: Bach, Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Brahms, Dvorák y Johann Strauss II. No aclaró si alguien lo preparó para ellos o si fue el Petrus el "autor", pero me pareció muy logrado y divertido, con citas de famosas obras y muchos toques personales armónicos y melódicos. Por supuesto, tocado admirablemente. Y hubo en este concierto algo valioso que resaltar: como ningún cuarteto está en el abono y es un género fundamental, la presencia del Petrus fue una buena demostración de lo importante que resulta escuchar  la textura esencial de la música de cámara y por cierto la de mayor gran repertorio.  

 

CONCIERTOS DE MEDIODÍA: TEMPORADA 2019

 

Al I me acabo de referir.

 

II) Mayo 15. Carla Filipcic Holm (soprano), María Cecilia Muñoz (flauta) y Fernando Pérez (piano). "Enchanté". Programa francés, con obras de Caplet, Saint-Saëns, Debussy, Enesco, Roussel, Fauré y la « Shéhérazade » de Ravel (que prefiero en la versión orquestal).  Música refinada y bella por artistas de primer orden.

III) Mayo 22. Ensamble Ecléctico (Lucía Zicos), Florencia Machado (mezzosoprano), Natalia González Figueroa (piano). Respighi: Siciliana; Il tramonto; Claudia Montero: Ausencias; Concierto en blanco y negro para piano y cuerdas. Interesantes intérpretes y obras de Montero, compositora argentina más conocida en Europa que aquí.

  IV) Junio 12.  Knabenchor Collegium Iuvenum Stuttgart (Michael Chulo). Si bien la información es escasa, sólo citan dos compositores, supongo que será un programa muy similar al que darán para la Academia Bach, donde no sólo los dos mencionados para los conciertos de Mediodía, Schütz y Mendelssohn, sino también varios más figuran (aunque quizá eliminen algunos en este caso por razones de tiempo: no pasarse de la hora): Bruckner, Duruflé, Distler, Hassler, Di Lasso y contemporáneos. Es muy buena la tradición de los coros de niños alemanes, debería ser un concierto atrayente.

IV) Junio 19. Indiana University Violin Virtuosi (Mimi Zweig). Indiana University Jacobs School of Music; String Academy Virtuosi. Programa muy largo que excede la hora; supongo que deberán eliminar algunos autores. Corelli, Sarasate, Hummel, Bazzini, Bloch, Freund, Brahms, Arad, Bartók (Rapsodia Nº1), Ravel ("Tzigane"). Waxman, Kreisler, Cortés Álvarez. Notable agrupación que nos visitó no hace mucho en la Usina del Arte.

V) Julio 3. Ezequiel Castro, piano. Beethoven: Sonata "Appassionata"; Alex Nante: Otras iluminaciones (estreno); Scriabin: Sonata Nº 10; Debussy; Imágenes, 2º Cuaderno. Posibilidad de conocer a un pianista argentino que está haciendo carrera en el exterior en un programa variado, aunque hubiera sido mejor una sonata beethoveniana menos trillada.

VI) Julio 10. Orquesta Sinfónica Juvenil Nacional José de San Martin, directores Mario Benzecry y María Claro Marco Fernández. Tchaikovsky: Marcha eslava; Sinfonía Nº4. La Juvenil está tocando muy bien y probablemente se luzca en este programa.

VII) Agosto 8. Leonardo Jaffé, violín (ganador Concurso Tucumán 2018-Festival Mintz), Paula Peluso (piano). Beethoven: Sonata Nº7; Paganini: La Campanella; Dvorak/Kreisler:  Canciones que me enseñó mi madre; Ysaÿe: Sonata Nº4 ("Fritz Kreisler").  Un programa que permite apreciar cabalmente tanto la técnica como el estilo de los artistas.

VIII) Agosto 14. Julia Botchovskaia, pianista ucraniana. Händel: Suite en mi menor; Lili Boulanger: Tres piezas; Debussy: L´ísle joyeuse; Schubert-Liszt: Cinco Lieder. Programa variado e inteligente.

IX) Agosto 21. Musica Quantica Voces de Cámara (Camilo Santostefano). Brahms: Un Requiem alemán. No se especifican los dos pianistas ni los solistas vocales. La duración excede la hora.

X) Septiembre 4. Antonio Formaro, piano. Weber: Rondó brillante; Mendelssohn: 6 Preludios y fugas; Fauré: Barcarola Nº4; Impromptu Nº3; Saint-Saëns: África, Fantasía. Fascinante programa por el mejor pianista argentino de su generación.

XI) Septiembre 11. Ensemble Alma Viva (violín, flauta, clarinete, violoncelo, piano); Ezequiel Spucches. Obras de Menotti, Villalobos, Guastavino, Debussy, Márquez y Beytelman. Programa variado y novedades por un grupo de cámara sui generis.

XII) Septiembre 18. Orquesta de Cámara del Congreso de la Nación (Sebastiano de Filippi), Coro Nacional de Jóvenes (Pablo Banchi), Jaquelina Livieri (soprano), Carlos Ullán (piano), Gustavo Gibert (barítono), María Inés Natalucci (piano).  Magnífico programa dedicado a Gustav Holst: Suite St.Paul; Himno de los viajeros (del Rig Veda); y "Savitri", ópera de cámara, estreno (episodio del Mahabharata).

XIII) Octubre 10. Benjamin Baker, violín; Daniel Lebhart, piano. Programa a confirmar.

            En suma, otro año valioso para Conciertos de Mediodía.

Pablo Bardin

 

 

“Powder her face”, Ópera demiporno de Thomas Adès

            "Powder her face" ("Empolva su cara") es la primera ópera compuesta por el británico Thomas Adès y tuve mi primer contacto con ella a través de una grabación que comenté en la Revista Clásica Nº 130 de Junio 1999, página 41. La tapa tenía una boca abierta con mucho rouge y la grabación era de EMI Classics. La edición era del año anterior y duraba 115 minutos. Los cantantes de esta ópera de cámara eran Jill Gomez, Valdine Anderson, Niall Morris y Bryson, acompañados por el Almeida Ensemble dirigido por el autor. Notar que no era editado por una compañía de segundo rango sino por EMI, cuyo único gran rival era Decca London.

            Voy a citarme ampliamente. "Nacido en Londres en 1971, Thomas Adès ya tiene en sus pocos años una trayectoria envidiable. Estudia en la Guildhall School of Music y luego en King´s College, Cambridge, con Alexander Goehr. A los 19 años escribe "Five Eliot Landscapes" op. 1 y su Sinfonía de cámara op. 2. A los 21 años firma un contrato exclusivo de publicación con Faber Music Limited y a los 22 es compositor asociado de la Orquesta Hallé. Al año siguiente (1994) "Living Toys" op.9 es estrenada por la London Sinfonietta y luego aclamada en el Paris Rostrum como mejor obra de un compositor menor de 30 años". "Powder her face", op.14, data de 1995; se estrena en el festival de Cheltenham y luego se da en Londres con gran éxito. Un año más tarde es estrenada en Alemania con notable repercusión y en 1997 en los Estados Unidos (en Berkeley y luego en Aspen). Sir Simon Rattle da a conocer un poco más tarde "Asyla", una amplia obra sinfónica. Adès es nombrado profesor de composición en la Academia Real de Música y en 1998 Director Artístico del Festival de Aldeburgh (que había fundado Britten)".

            "Por su parte, el libretista Philip Hensher nació en 1965 y es producto de Oxford y Cambridge. Ganó el premio de novela Somerset Maugham con "Kitchen Venom" (1996). También es crítico de arte del Daily Mail".

            "Probablemente Buenos Aires sólo conoce de la producción operística inglesa posterior a Britten las "Canciones para un rey loco" de Peter Maxwell Davies. Nuestra desinformación es tan grande que ni siquiera se ha dado algo de Tippett. Pero están los discos, y por ellos hemos conocido obras de Maconchy, Williamson y Harrison Birtwistle (la notable "Punch and Judy")".

            "Ahora nos llega esta obra. Se trata de una ópera de cámara para cuatro solistas sin coro y un conjunto instrumental de 15 ejecutantes: clarinetes y saxofones, corno, trompeta, acordeón, piano, violines, viola, violoncelo y contrabajo. Dividida en dos actos, estos a su vez constan de ocho escenas y un ´epílogo fantasmagórico´. La acción se inicia en 1990 y continúa en 1934, 1936, 1953 (en dos escenas), 1955, 1970 y nuevamente 1990. Hay interludios entre las escenas. Salvo la soprano dramática que canta la Duquesa, los otros intérpretes (soprano aguda, tenor lírico y bajo característico) personifican varios roles".

            "El libreto se basa en la historia verídica de Margaret Whigham, nacida en 1912, Duquesa de Argyll debido a su segundo matrimonio. Al llegarse a un acuerdo de divorcio en 1963 el juez Lord Wheatley escribió un cruel veredicto, describiéndola como ´una mujer altamente sexuada que ya no se satisface con relaciones normales´. En 1990 se la echó del hotel Dorchester, donde debía 33.000 libras. Murió en un geriátrico en 1993. Había escrito su autobiografía en 1975, y Charles Castle contó su historia en ´The Duchess who dared´ (´La Duquesa que fue audaz´)".

            "El estilo musical tiene influencias del cabaret de Weill, pero también de autores como Britten, Berg en ´Lulu´, Ligeti y Stravinsky. El texto es bastante crudo al mencionar las lacras y abiertamente sexual en muchos pasajes. Para el gusto de quien escribe hay demasiada repetición de elementos dramáticos  y la historia de la promiscua Duquesa dista de tener la riqueza de ´Lulu´, por ejemplo. La música sí tiene notable variedad y exige mucho del talento de cantantes y ejecutantes, ya que es siempre difícil. Ciertos pasajes parecen innecesariamente extravagantes, aunque hay invención de buena ley en este compositor". Pero que es una obra escandalosa lo demuestra  que la hayan llamado según Wikipedia "La ópera de la felación".

            Creo que su segunda ópera representa un  gran salto adelante, se trata de "The tempest" ("La tempestad"), sobre Shakespeare, con orquesta sinfónica y grandes requerimientos vocales y escénicos; la música es mucho más madura, el texto por supuesto de gran vuelo y sustancia; la puesta del Covent Garden en su estreno en Febrero 20014 fue notable, y por suerte se hizo un DVD al que tuve acceso años atrás: quedé muy bien impresionado. Su tercera ópera tomó un  arduo tema: "The exterminating Angel" ("El ángel exterminador") es una adaptación de la terrible película de Luis Buñuel y fue presentada por el Metropolitan de New York en la temporada 2016-17; aquí se pudo apreciar en la serie por satélite en el Teatro El Nacional y la comenté en su momento. Si bien la siento menos lograda que "The tempest", es una obra de gran calibre y audacia.

            Volvamos a "Powder her face". En Diciembre pasado cerró la temporada de la Ópera de Cámara del Colón; fue estrenada en cuatro funciones en el teatro 25 de Mayo, lugar plausible ya que  es una buena sala, mucho mejor que la del CETC, y esta obra ciertamente no es para la sala grande del Colón. Razones de salud me retrasaron y envié a tambor batiente una cantidad de críticas en las últimas semanas de Diciembre y principios de Enero, pero no alcancé a realizar la de la ópera de Adès; sin embargo, yo sabía que Marcelo Lombardero, Director de la Ópera de Cámara, también la había programado para empezar la temporada 2019 en Marzo, en el mismo teatro pero esta vez con seis funciones, cuatro con el elenco original y dos con otro cuarteto. Mi comentario es sobre la versión que presencié el 13 de Diciembre, primera de las cuatro (las otras: 15, 16 y 18; poco recomendable pegar en días seguidos una obra tan ardua para los intérpretes).

            Volví a escuchar la música después de 19 años y nada cambió en mi apreciación. Y más allá del talento de Adès, no puedo menos que considerar que deliberadamente quiso debutar con una ópera chocante y semiporno. Como el CD comentado tenía el texto ya sabía a qué atenerme; pero pese a que la complejidad de ir hacia atrás en el tiempo y luego hacia adelante obliga a considerable concentración para entender lo que pasa, la sustancia es tanto menor que la de "Lulu" o "Salome" que el resultado lleva a lo morboso y barato. Pero hay maneras de contar lo sexualizado: el trabajo técnico de Maritano fue admirable en "Die Soldaten", pero triplicó sin necesidad los actos sexuales, por ejemplo. Que Lombardero tiene afinidad con el sórdido mundo de "Mahagonny" de Weill-Brecht fue evidente en sus puestas y allí funcionó muy bien; creo en cambio que en varios pasajes fue más allá del texto y subrayó y agregó las desviaciones sexuales llevando el semiporno al porno. La mera síntesis de la obra que figura en el programa de mano demuestra que son los elementos escandalosos los que interesaron al puestista. Fue secundado en la escenografía por Noelia González Svoboda; en el vestuario por Luciana Gutman y en la iluminación por Horacio Efron; hubo video a cargo de Natalio Ríos y Paula Rodríguez. Se logró evocar las distintas épocas recorridas por el libreto, más allá de detalles de mal gusto. Y ciertamente fue una tontería no aclarar  qué personajes encarnan los otros tres  aparte de la Duquesa; Oriana Favaro fue la Criada pero no solamente; Santiago Burgi fue Electricista  y otros personajes; y Hernán Iturralde fue el Manager del Hotel pero también el Duque. Daniela Tabernig fue la Duquesa; el devenir del tiempo en su caso no quedó claramente demarcado en sus maquillajes, y esto era importante.

            El inglés de las mujeres y de Iturralde fue muy bueno; el de Burgi un poco trabajoso pero aceptable. Los cuatro cantaron y actuaron con un profesionalismo completo; la música tiene muchos momentos complicados y las situaciones a las que están expuestos los personajes con frecuencia están más allá de lo habitualmente exigible a un cantante lírico, incluso en obras contemporáneas. Salvo una situación especialmente ridícula, Iturralde fue el menos exigido; Burgi es muy flexible por naturaleza pero esta vez a veces es provocado (la felación) y en otras el provocador es él. Se conoce la calidad musical de Daniela Tabernig en personajes como Rusalka; aquí debe parecer de 22, 24, 42, 43, 58 y 78 años y esto no sólo depende del maquillaje, sino de cambios de intensidad y energía muy grandes; no olvidar que fue Duquesa por matrimonio y nada indica que haya tenido la capacidad de parecer una verdadera Duquesa de abolengo. Tal como la muestran a medida que avanza el tiempo se vuelve más estragada en lo más íntimo; ya no es una mujer de sana sexualidad sino una depravada. Oriana Favaro es muy atrayente, joven y sensual; aquí, mientras canta música florida en registros muy agudos, seduce y es seducida con toda naturalidad y realismo.

            La pequeña orquesta tiene curiosas características: tres clarinetes pero ninguna otra madera; bandoneón (qué raro en un inglés; ¿habrá alguna adaptación?); no sólo acordeón, también sampler, algo asociado a la música popular. Hubo varios nombres de primer orden en un conjunto de muy buen nivel: los violinistas Gustavo Mulé y Sebastián Masci; Matías Tchicourel de primer clarinete; Valentín Garvie en trompeta; Iván Rutkauskas en piano. Marcelo Ayub, más conocido como pianista y director de coro, pareció muy seguro y cómodo coordinando esta música tan variada, en distintos estilos.

            En suma, no es una obra que me atraiga como logro total; pese a los valores de la música, el libreto es demasiado desparejo y escabroso. Y en este caso, intérpretes de talento al servicio de una puesta excesiva y licenciosa.

Pablo Bardin