sábado, septiembre 09, 2017

Tríos, cuartetos y quintetos por notables conjuntos: el placer de la música de cámara

Más allá de los gustos personales, creo que el melómano completo debe gustar de diversos géneros: no sólo la ópera o el ballet o la música sinfónica, sino también el género de cámara, ya sea instrumental o vocal, o incluso el recital de un solo instrumento. El panorama que sigue abarca trios para piano y cuerdas, cuartetos para piano y cuerdas, cuartetos para cuerdas y quintetos para piano y cuerdas. En todas esas combinaciones hay obras maestras. Idealmente –por algo son "de cámara"- deberían escucharse en ámbitos de cálida acústica y no muy grandes. En la práctica, suelen tocarse en salas de gran capacidad, y no hay duda de que ello les saca esa intimidad, esa introspección que necesitan para ser cabalmente apreciadas. 
ZUKERMAN TRIO
La sala de AMIJAI es a mi juicio una de las más adecuadas, y Pinchas Zukerman tiene una relación de muchos años con ella. Un lleno total aplaudió al trío que él lidera y que también integran su esposa, la violoncelista sudafricana Amanda Forsyth, y la pianista canadiense de ascendencia china, Angela Cheng. La calidad de estos artistas es importante y muy pareja; si bien Zukerman los lidera, lo hace con una discreción que permite a cada uno expresar lo mejor de sí mismo. El violinista está casado con Forsyth, una espléndida rubia alta sudafricana que impacta con su presencia pero que además es una artista de primer nivel; nunca pierde de vista a su marido pero no hay subordinación en su sonido potente y en su fraseo intenso. Y Cheng podrá parecer opaca hasta que empieza a tocar y uno advierte su completa técnica y noble musicalidad. Zukerman desde hace años está sumergido en la música de cámara en el mejor sentido, sin divismo y con un estilo límpido lejano de su juventud poderosa y ardiente pero siempre atrayente y respetuoso de los compositores abordados. Los tres tienen una perfecta compenetración y comunican las obras con la siempre deseable unidad que este género requiere.
Si bien no fueron anunciadas como primera audición, las muy gratas Ocho piezas para violín y violoncelo, Op.39, fueron una novedad para mí; escritas en 1909, son típìcas del  estro romántico del ucraniano Reinhold Glière (de padre alemán y madre polaca), 1875-1956, cuya mejor obra es la imponente sinfonía programática "Ilya Murometz". Las piezas son óptima música de salón, sin pretensiones de profundidad pero de notable artesanía y encanto, y fueron admirablemente ejecutadas,
Tanto el Segundo Trío de Shostakovich, que data de 1944, como el Primer trío de Schubert, Op.99, creado en 1828, el año de su muerte (aunque es  luminosa y ajena al clima dramático del Cuarteto "La muerte y la doncella" o del Quinteto para cuerdas) son obras maestras esenciales. La del ruso tiene la misma originalidad que su Quinteto para piano y cuerdas, aunando solidez estructural a ideas elegíacas (como la melodía aguda en armónicos tocada por el violoncelo al principio mismo), satíricas (el Scherzo), densas y sombrías (la Passacaglia) o trágicas (esa danza judía en homenaje a las víctimas de Treblinka en el último movimiento). Las ejecuciones fueron magistrales en su penetración psicológica y fuerte transmisión del mensaje dramático en Shostakovich, y su escrupulosa articulación y pura belleza en Schubert.  Fuera de programa, un inesperado regalo de Frirz Kreisler, esa divertida Marcha Vienesa raramente ejecutada.
TRIO OSMANTHYS
El Mozarteum presentó en el Colón el debut argentino del Trío Osmanthys, curioso nombre no explicado. Está integrado por Carolin Widmann, violín; Marie-Elisabeth Hecker, violoncelo; y Martin Helmchen, piano. Widmann había venido antes en dos ocasiones, dejando una buena impresión. Hecker y Helmchen están casados, los tres son alemanes. Han desarrollado valiosas carreras por separado y formaron este trío por razones tanto de amistad y afecto como por coincidir en los enfoques estilísticos.
Iniciaron su programa con una breve obra en primera audición de Lili Boulanger, "D´un matin du printemps" ("De una mañana de primavera"), 1918, el año final de su muy corta vida (24 años). Hermana de  Nadia Boulanger, la más famosa profesora de composición del siglo XX,  Lili fue un talento indudable y llegó a dejar obras que Buenos Aires debería conocer, como el Pie Jesu o los tres salmos que llegó a escribir.  La pieza que escuchamos resultó de un buen gusto refinado, y también existe en versión sinfónica o para flauta o violín y piano. 
Los dos Tríos elegidos fueron sustanciosos y cercanos en el tiempo, poderosos ejemplos de postromanticismo: el Nº 2 de Brahms, 1882, y el Nº4, "Dumky", de Dvorák, 1891. La obra brahmsiana ya es de su arte maduro, contemporánea de las espléndidas Oberturas (Trágica y Festival Académico). Concentrada y densa en sus materiales,  sus movimientos están notablemente estructurados, con múltiples hallazgos de armonía y forma en sus 36 minutos. De duración similar, el Trío "Dumky" es una adaptación al temperamento checo de la "dumka" ucraniana, balada épica que pasa de menor a mayor y de lento a rápido; Dvorák construye la partitura en seis movimientos, cada uno de ellos una dumka, y es admirable tanto la belleza melódica como la explosión de júbilo en cada fragmento rápido. Casi parece, como en las rapsodias húngaras, el paso del lassu lento al friss rápido, pero en la dumka en vez de AB es ABABA, ya que alterna varias veces. 
El rendimiento del Osmanthys fue siempre positivo, aunque en este caso el liderazgo del pianista fue claro: Helmchen tiene un sonido lleno y amplio y un fraseo prácticamente infalible. Las damas ciertamente tocan muy bien pero no alcanzan la fuerza y el volumen como para emparejarse con el teclado; sin embargo, la musicalidad y el rapport son evidentes y da gusto escuchar una obra de cámara ejecutada con tanto ajuste y afinidad. Y en las Dumky lograron un sentimiento de espontaneidad y entusiasmo que se transmitió al público.  Curiosamente, ellos también ejecutaron como extra la Marcha Vienesa de Kreisler.
AMERICAN STRING QUARTET
Siguiendo la buena racha que se inició con Schiff en Bach, Nuova Harmonia presentó en el Coliseo el American String Quartet, que cumple su temporada Nº 41 pero creo que no vino antes aquí. Naturalmente que los actuales no son los mismos integrantes que al principio, pero demostraron ser instrumentistas de alto rango y aguda comprensión musical. Y como están viniendo muy pocos cuartetos internacionales, el concierto cubrió una apremiante necesidad, ya que el cuarteto de cuerdas es la forma más prístina de la música de cámara y la de mayor repertorio. 
Tal como vinieron estuvo integrado por Peter Winograd (primer violín), Laurie Carney (segundo violín), Daniel Avshalomov (viola) y Wolfram Koessel (violoncelo). Lástima que no haya datos biográficos específicos, pero cabe señalar que salvo Carney los apellidos no suenan muy americanos. Podría haber extranjeros que se nacionalizaron en Estados Unidos. Sea como fuere, no es un cuarteto joven sino maduro, y todos tocaron con un fuerte profesionalismo.
El comienzo no fue tan bueno como el resto del programa: el Cuarteto Op.18 Nº6 de Beethoven se inició nervioso y tenso, pero fue llegando a una buena versión gradualmente hasta llegar a un movimiento final en el que "La malinconia" cedió el paso a la música alegre; en la coda retorna la melancolía pero es vencida por un jubiloso cierre. 
El extraordinario Octavo cuarteto de Shostakovich es de lejos el que más se toca, aunque varios otros son también de gran interés, porque resulta no sólo autobiográfico sino que su contenido es una sutil protesta contra la guerra. Varias melodías suyas son citadas, sobre todo una bien conocida de su Primera sinfonía, y además está un motivo de cuatro notas sobre las letras iniciales de su apellido  que domina toda la obra; hay un salvaje Scherzo, y luego un tema lento está cortado varias veces por violentos acordes, dos movimientos Largo finalizan una obra desencantada pero de gran atractivo. Aquí el Cuarteto se lució, con gran dominio técnico más un nivel de involucramiento que creó un clima magnético. La autoridad controlada y firme de Winograd, la calidez de Carney (única dama), la personalidad indudable del violista y del violoncelista, se amalgamaron para una visión real y potente de la angustia del compositor. 
Tras el intervalo supieron adaptarse al mundo iridiscente de Ravel en su único Cuarteto, perfecto complemento del de Debussy. En realidad es aún más elaborado, con admirables destellos imaginativos de texturas, colores y ritmos. Los artistas estuvieron aquí en un muy alto nivel tanto individualmente o como grupo cohesionado. La pieza extra fue introspectiva, lejana de cualquier virtuosismo vacuo: la Cavatina del Cuarteto Nº14, op.130, de Beethoven. Fue un buen ejemplo de  seriedad profesional de los intérpretes. 
CUARTETO MANUEL DE FALLA DE MADRID
Con este nombre y procediendo de Madrid, parecería ser un conjunto español, pero está formado por tres argentinos que viven en ese país y uno nacido allí. Iván Cítera está entre nuestros mejores pianistas y se lo extraña, ya que nos visita rara vez. Formado por Poldi Mildner y Antonio De Raco y luego perfeccionado en Katowice, Frankfurt y Mainz, influido por clases con Sancan, Magaloff y Celibidache, Cítera llevó una doble carrera como intérprete y notable docente. Actualmente enseña en dos instituciones madrileñas: Universidad Alfonso X el Sabio y Academia International Forum Musicae. Ricardo Sciammarella, violoncelista, es hijo de Valdo, valioso compositor y director de coros; ha actuado varias veces en nuestra ciudad como solista con orquesta u ofreciendo recitales; también es director de orquesta. Ha sido docente aquí y actualmente lo es en el Centro Superior de Música del País Vasco. Por su parte, el violista Alan Kovacs, formado por Ljerko Spiller, estudió luego en Colonia y con el Cuarteto Amadeus. Activo en La Plata como cuartetista o como viola solista, desde 1991 a 1999 fue viola solista de la Sinfónica de Madrid. Es docente en las mismas instituciones que Cítera. Finalmente, Alfredo García Serrano (único nombre nuevo para mí), violinista, estudió en Madrid y luego en la Universidad de Indiana; también él es docente en los mismos lugares que Kovacs y Cítera. Es concertista solista e integra diversos grupos de cámara.  Están todos unidos por la amistad y el amor a la música y fue una excelente idea incorporarlos a los Conciertos del Mediodía del Mozarteum.
Cambiaron el programa a último momento, y así el Segundo Cuarteto para piano y cuerdas de Mozart fue sustituido por el Primero, y el Cuarteto Op.47 de Schumann por el Primero de Brahms. Curiosamente ambos están en sol menor, y los antes previstos en Mi bemol mayor; o sea que pasamos de obras más bien jubilosas a otras ligadas a lo dramático e intenso. Pero en ambos casos, magnífica música tan bien construida como atrayente en su material.  Y en el caso de Brahms, culmina con un famoso Rondó alla Zingarese de contagioso brío y espíritu positivo  (cómo olvidar, tratándose del Mozarteum, al Cuarteto Beethoven, que tantas veces nos visitó y para quienes este cuarteto era una "pièce de résistance"). Y en cuanto a Mozart, recordar que mientras lo escribía en Viena en plena madurez, un adolescente Beethoven creaba sus tres cuartetos para piano y cuerdas en Bonn; fueron los primeros en imaginar esta textura de piano y cuerdas.
Cítera fue en todo momento la figura descollante, magisterial, por la perfección de su técnica y su infalible sentido del fraseo; un sonido noble y amplio puesto al servicio del compositor. Los tres ejecutantes de cuerda son sin duda profesionales de categoría, pero sin la garra de los elegidos.  Sin embargo,  el todo fue mayor que la suma de las partes y el balance final resultó muy grato.  
              QUINTETO ARTE
También en los Conciertos del Mediodía, se pudo apreciar al Quinteto Arte en dos partituras esenciales de este género que combina al piano con el cuarteto de cuerdas: el Segundo Quinteto de Dvorák y el de Schumann. Lograron conservar la concentración y la calma mientras en la platea escuchábamos con regularidad las bombas que tiraban manifestantes en Corrientes, claro signo de la agresividad corrosiva de una pequeña minoría no controlada (para no ser acusados de represión…).
El concierto fue bastante bueno sin llegar a convencer plenamente. Aquí también la figura dominante fue la muy experimentada pianista María Cristina Filoso, en notable nivel técnico y comprensión de los estilos. El violoncelista Siro Bellisomi fue el que mostró mayor calidad tímbrica; es integrante fundador del Trío Williams. El tejano Scott Moore resulta un correcto violista de sonido algo seco pero bien afinado. El primer violín, Oleg Pishenin (concertino de la Orquesta Estable del Colón), es a veces demasiado incisivo aunque da énfasis a los momentos culminantes. Y el entrerriano David Coudenhove,  miembro de la Estable y antes de la Sinfónica Nacional, un buen elemento a veces demasiado remiso, se integra bien en el conjunto. 
El tan melódico como brioso Quinteto de Dvorák vuelve a demostrar que es el único postromántico que puede medirse con Brahms, de quien era admirador y amigo. Y el de Schumann es sin duda su mejor obra de cámara en cuanto a material y realización. Nada nuevo en esta mezcla, pero cuánta belleza.
Pablo Bardin

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