sábado, septiembre 09, 2017

“Mahagonny” y “Turandot”: máximo contraste en la misma época

"Aufstieg und Fall der Stadt Mahagonny" ("Grandeza y decadencia de la ciudad Mahagonny"), libreto de Bert Brecht y música de Kurt Weill: la más lacerante visión de la  República de Weimar. "Turandot" de Giacomo Puccini, con libreto de Giuseppe Adami y Renato Simoni: la culminación de la ópera épica romántica italiana, ambientada en una China de leyenda. Ambas se pudieron ver en semanas recientes, la primera en el Colón, la segunda en el Avenida para Juventus Lyrica. Conjuntamente ofrecieron el máximo contraste de estilo y confirmaron la excepcional riqueza y variedad del género operístico.
"MAHAGONNY"
Tuve la suerte de conocer la obra más importante de la dupla Weill-Brecht en 1960, cuando se editó la admirable primera grabación completa. Dirigió Wilhelm Brückner-Rüggeberg –conocido aquí porque la Asociación Wagneriana lo contrató en varias temporadas para dar vida en nuestra ciudad a varios oratorios de Händel-  un notable reparto encabezado por Lotte Lenya (que estuvo casada varias décadas con Weill y fue la Jenny del estreno), Gisela Litz, Heinz Sauerbaum y Horst Günter, con una orquesta hamburguesa ad-hoc y el Coro de la Radio del Norte Alemán: Columbia y su filial alemana, Philips, la realizaron en Hamburgo. El excelente folleto acompañante no sólo tiene un libreto bilingüe, sino que incluye fascinantes reminiscencias de Lenya y un agudo escrito evaluatorio de H.H.Stuckenschmidt, más excelentes reproducciones no sólo de fotos de los elencos originales sino también de los bocetos realizados entonces por Caspar Neher, el mismo que quedó unido al "Wozzeck" de Berg con su excelente enfoque estético. Con el mismo director Lenya grabó al año siguiente una notable versión de la otra obra muy famosa  de Weill-Brecht, "Die Dreigroschenoper" ("La ópera de tres centavos"). Muchos años después salió aquí un documento esencial: la grabación original de la "Dreigroschenoper", pero además dos canciones por la Lenya de entonces del "Mahagonny-Songspiel", diríamos ahora la precuela de sólo algo más de media hora que contiene  las cinco canciones más famosas de la ópera, estrenadas en 1927. De allí que se suele distinguir entre el "Kleine" (pequeño) y el "Grosse" (grande) "Mahagonny".
El "Kleine" fue estrenado en la primavera de 1927 en el festival de Baden-Baden en un estilo de cabaret que fue aplaudido y silbado por partes iguales (en esa época silbar era negativo…); entre los primeros estaba Klemperer.  Ya entonces los autores habían decidido expandir la idea a una ópera de amplias dimensiones (alredor de 2 horas 20 minutos), pero en el ínterin estrenaron la "Dreigroschenoper". El "grosse Mahagonny" se estrenó en Marzo 1930 en Leipzig en medio de un salvaje motín contra la obra provocado por los nazis. Sin embargo, en Diciembre 1931 Ernst Aufricht se animó  a ofrecerlo en el Kurfürstendamm-Theater de Berlín: la primera vez que una ópera era presentada noche tras noche como si fuese una pieza teatral. Luego, un silencio de décadas, hasta que después de la Guerra fueron redescubiertas las obras de Brecht-Weill. El "Mahagonny largo" se conoció en el Colón en 1987, director Antonio Tauriello, régisseur Jaime Kogan, con notable éxito; y fue programado por Héctor Basaldúa en 2002, empezando la temporada, como la ópera que mejor simbolizaba el terrible caos que asolaba a Buenos Aires en esos  momentos; director, Gerardo Gandini; régisseur, Jérôme Savary; todo el elenco fue rioplatense.
Aquí hay una considerable tradición en cuanto al teatro de Brecht y se han visto grandes versiones de "Madre coraje", "Galileo", "El círculo de tiza caucasiano" y "La resistible ascensión de Arturo Ui"; vi todas ellas y son sin duda superiores a "Mahagonny". Pero la conjunción Weill-Brecht es ideal y da un impacto muy particular a esta visión distópica del capitalismo. Claro está que esos Años Veinte de la República de Weimar  fueron marcados por una de las peores hiperinflaciones de la historia y destruyeron multitud de fortunas, además de alimentar el resentimiento alemán por las grotescas reparaciones de guerra que hacían imposible una recuperación sana de la sociedad y a su vez ser un factor en el gradual pero inexorable crecimiento del nazismo que paradójicamente era de extrema derecha y nada tenía de socialismo. La lección de la historia se tuvo luego en cuenta y después de la Segunda Guerra Mundial Alemania  Occidental se reestructuró gracias al Plan Marshall y a la excelente conducción capitalista de Ludwig Erhard. Por supuesto, Brecht y Weill eran judíos y comunistas, y en nueva paradoja, salvaron el pellejo en el exilio de Estados Unidos, paradigma del capitalismo pero del malo, el salvaje…
Weill fue discípulo de Busoni e inicialmente escribió óperas atonales sobre textos de Georg Kaiser: "El protagonista", trágica; y "El Zar se deja fotografiar", grotesca. Pero el texto de Brecht requería otro estilo, canciones tonales aunque con disonancias, melodías acompañadas por acordes; aunque hay polifonía basada en el Barroco en los interludios. Y hay influencia del jazz de los Veinte con su ritmo fuertemente sincopado (fox-trot, blues).  La famosa "Alabama Song" se inicia con un  recitativo antes de su pegadiza melodía; y es estrófica. El único momento lírico es el Dúo de las garzas de Jimmy y Jenny y está estructurado como una polifonía de cinco voces. Hay fragmentos de muy elaborada textura como los complejos finales de los actos Primero y Tercero, o el Preludio al Primer Acto, o el fugato del huracán. Y hasta hay un coral figurado sobre el modelo del de los Hombres en Arnés de "La flauta mágica" mozartiana. Y  parodias o citas: el Coro de las madrinas de boda de "Der Freischütz" de Weber, la ramplona "The maiden´s prayer" tocada en un pianito destartalado y considerada como "el arte eterno", o el vals lento en acordeón y cítara que acompaña a Jake tras devorar dos terneras y a mitad de su tercera caer muerto…
La verdadera orquestación (no la que se escuchó en el Colón) tiene treinta ejecutantes; los vientos dominan a las cuerdas, y figuran instrumentos poco habituales en la orquesta sinfónica: además de los recién mencionados, saxofones, banjo, armonio, guitarra bajo. Como dice Stuckenschmidt, "la sofisticación del primitivismo consciente". Vale la pena destacar la innovación del uso de actores cantantes (y no al revés). Y la mezcla del "pidgin English" en dos canciones con el alemán del resto. 
Para Brecht hay diferencias entre la ópera dramática tradicional y la que él propugna y curiosamente llama épica; acción tradicional contra narración; apuntar a los sentimientos versus tomar decisiones; la música que ilustra el texto versus la música que  es independiente del texto. El argumento contrasta prostitutas con mineros de Alaska y delincuentes a través de escenas que mezclan realismo y surrealismo y con datos deliberadamente absurdos: Benares, una de las ciudades más pobres, es descripta como opulenta; los mineros de Alaska lógicamente deberían retornar a estados del Pacífico, no a Alabama. Y la ambientación es muy 1920 pero la fiebre del oro en Alaska es anterior.  También hay cosas realistas: Alabama da al Golfo de México, zona de ciclones, y la mencionada Pensacola (arrasada) existe y puede estar cerca de la ficcional Mahagonny. Hay defectos: la insistente repetición de ciertas frases, o  la ausencia de transición entre prosperidad y desastre. La esencia está dada por estas frases: el peor delito es no tener dinero; Dios no puede mandarlos al infierno porque ya están en él.  Los amigos o la amante de Jimmy no lo ayudan cuando se trata de dinero, pero él se juega por su amigo hasta el último centavo.  Stuckenschmidt tiene razón: "no hay más angustiante expresión de la atmósfera del Berlín de los Años Veinte que esta ópera, cuyas melodías y venenosos e iridiscentes sonidos nunca pueden olvidarse".
  Desde que empezó como régisseur Marcelo Lombardero estuvo fascinado por el ambiente malandra y prostibulario del "Kleine Mahagonny" y lo puso varias veces con evidente afinidad; la última vez fue al aire libre en la Plaza Vaticano.  Ahora llegó al "Grosse Mahagonny" en una producción del Colón con el Teatro Municipal de Santiago de Chile y el Teatro Mayor de Bogotá. Su equipo es el habitual: Diego Siliano, escenografía; Luciana Gutman, vestuario; José Luis Fiorruccio, iluminación. Al no figurar responsable de las proyecciones se colige que fueron responsabilidad de Lombardero.  Están en general muy bien elegidas las que son de archivo, salvo el uso (bien de Lombardero) de incidentes actuales en Buenos Aires, lo cual socava la esencial referencia a la República de Weimar. Ese Far West del imaginario alemán de los Años Veinte es el que hay que mostrar, y no actualizarlo; sacarlo de contexto es un error, por más que haya paralelos con situaciones argentinas: el público no es tonto y no necesita que lo lleven de la nariz. Pero hay varias que fueron filmadas especialmente, y es muy divertido el fragmento en el que se narra  la cercanía del ciclón a Mahagonny (¡ya los había antes de Irma!). 
La dirección de actores fue casi siempre muy atinada, y por cierto los artistas ayudaron mucho en el primer reparto (no pude asistir al segundo), ya que no sólo cantaron bien sino que actuaron con mucho carácter  y sentido de equipo. Es una producción cara y de notable impacto, con aciertos importantes pero también con fallas de criterio. Están muy bien los carteles luminosos que van avisando cada fragmento y que reemplazan las pancartas originales, y en este caso el baile del caño corresponde (no como en "Don Giovanni"…).  Y la pasarela añadida entre el foso y el público funciona como medio de acercar el público al ambiente cabaretero, como también sirve usar los corredores de la sala en ciertas situaciones. Pero la presencia de bailarinas con el torso desnudo en la escena del juicio es irrelevante y convierte en Las Vegas a una situación de contenido trágico; la pistola (cuándo no con Lombardero) sustituye a la horca que especifica Brecht. Más grave es el haber eliminado las pancartas que pide Brecht en la última escena: deben tener  leyendas contradictorias indicadoras de caos; aquí sólo fueron grupitos cantando.  Y también hay que criticar que veamos en varias escenas no el ambiente de un cabaret de mala muerte sino algo demasiado espectacular, con coreografías de Ignacio González Cano que nuevamente evocan a Las Vegas, no a Mahagonny. Las escenografías de Siliano son algo parcas pero eficaces, y Gutman imaginó vestuarios adecuados a las distintas situaciones. Fiorruccio manejó hábilmente las luces.
Hubo un gran protagonista: Nikolai Schukoff (debut) fue un impresionante Jimmy Mahoney, con una poderosa voz de espléndidos agudos, pero además una agilidad de atleta y una total comprensión del personaje. Iris Vermilion, bien conocida aquí por su admirable Nodriza en "La Mujer sin Sombra" y su interesante Klytämnestra en "Elektra", ambas de Strauss, fue convincente como Leokadja Begbick (la que define el funcionamiento de Mahagonny), tanto en su canto como en su actuación. Nicola Beller Carbone, que cantó años atrás en el Teatro Argentino, debutó en el Colón con una atrayente Jenny, bien cantada aunque con volumen algo escaso. Fueron muy buenos Hernán Iturralde como Trinity Moses y el tenor chileno Pedro Espinoza como Fatty el contador, cómplices de la Begbick. Y también resultaron sólidos intérpretes los amigos mineros de Jimmy, especialmente el bajo venezolano Iván García como Alaska Wolf-Joe; pero cumplieron bien el tenor chileno Gonzalo Araya Pereira (debut) como Jake (Jakob Schmidt) y Luciano Garay como Pennybank Bill. 
Estuvo bien preparado el Coro dirigido por Miguel Martínez, que además supo adaptarse a las necesidades actorales de la obra, tan distante de lo que generalmente hacen. Como semicoro estuvieron las Seis muchachas de Mahagonny cantadas por figuras bien conocidas. En cuanto a la orquesta, hubo licencias: el acordeón fue suplantado por un bandoneón, la guitarra bajo por la guitarra eléctrica. Ciertamente la orquesta no fue tan enorme como figura listada en el programa, pero sí sobrepasó ampliamente los treinta que quería Weill, quizá como adaptación al amplio recinto del Colón. Iván Rutkauskas se habrá divertido bastante tocando el pianito y mirando a la escultural bailarina. El director David Syrus (debut, suplantando al originariamente anunciado Facundo Agudín) es británico y la mayor parte de su carrera fue la de Jefe de estudios musicales en el Covent Garden desde 1993 hasta este año, pero también ha dirigido en varios lugares europeos y tres veces en Santiago de Chile (incluyendo el "Billy Budd" de Britten que fue puesto por Lombardero). Su trabajo fue idóneo y correcto, aunque sin comunicar toda la garra necesaria en ciertos pasajes, y la orquesta respondió bien, sobre todo los vientos.
En suma, un "Mahagonny" para recordar. Quizás alguna vez se anime el Colón  con una notable obra en inglés de Weill, "Street Scene"; vale la pena. 
"Turandot"
"Turandot" es la última ópera de Giacomo Puccini y quedó inconclusa porque el compositor no se ponía de acuerdo con sus libretistas en cuanto al texto del dúo final de Calaf y Turandot; el cáncer de garganta se lo llevó, pero quedaron bosquejos para esas páginas finales y Franco Alfano tuvo acceso a ellas en el hospital donde estaba Puccini; y así pudo concluirse "Turandot". El argumento proviene de una "fiaba" (fábula) de Carlo Gozzi, junto con otro Carlo, Goldoni, el más importante comediógrafo italiano del siglo XVIII; otra "fiaba" suya inspirará a Prokofiev su espléndida ópera "El amor por tres naranjas". En su traducción alemana, "Turandot" fue admirada por Schiller, quien la adaptó en 1802, y para ella Weber escribió música incidental que a su vez luego inspiró a Hindemith en sus "Metamorfosis sobre temas de Weber". La versión original  fue la base para Puccini y para la ópera de Ferruccio Busoni de 1917 (que se vio en el Colón en 1964); Busoni además escribió música incidental en 1911 y una suite orquestal anterior en 1904. Margarita Pollini da un interesante dato en el programa: Gozzi quizá tomó la idea de la colección de relatos persas "Los mil y un días" de François Pétis de la Croix (1653-1713), y hay además un poema de 1197 de Nizam Ganjavi. 
Hay un agregado fundamental en el libreto, pedido por Puccini: él necesitaba una figura distinta de personas tan extremas como Turandot y Calaf, alguien que representara la dulzura y la abnegación: la esclava Liù, que muere por amor, porque Calaf alguna vez le había sonreído. La trama tiene para mí dos fallas fundamentales: una persona de tan tremenda crueldad y fobia sexual tan marcada no puede ser cambiada por un beso; y Calaf, el presunto héroe temerario e inteligente,  demuestra una tontería incalificable al no advertir que pone en peligro a su padre y a Liù cuando pagado de sí mismo le propone a Turandot que él morirá si ella descubre su nombre antes del alba. Por eso no es creíble el final feliz. Y además: ¿era aceptable un candidato no identificado?
Pero como en tantas otras óperas, la música es magnífica y por ello seguirá siendo una obra de gran repertorio. Curiosidad: Turandot no canta una palabra en el Primer Acto, y Liù sólo una frase en el Segundo. Confieso que la decisión de Juventus Lyrica de incluirla en su temporada me pareció audaz, ya que el Colón es su ámbito natural.  Es para voces poderosas, tiene mucho coro, necesita decorados importantes, un escenario ancho y profundo y una orquesta completa de al menos 80 ejecutantes. Nada de esto es posible en el Avenida. Sin embargo, el trabajo inteligente de Ana D´Anna y su equipo y de Antonio María Russo como director de coro y orquesta logró obtener una función más que decorosa, al menos con el elenco de la segunda función del domingo a la tarde. D´Anna usó el mismo recurso que Lombardero en "Mahagonny": una pasarela entre el foso y el público para aumentar el espacio disponible; el coro de niños sólo se utiliza en dos momentos: en el primero fue colocado en un palco avanti-scène, en el segundo en el fondo del corredor principal cerca de la salida. 
La escenografía de D´Anna y Constanza Pérez Maurice se basó en formas geométricas que permitieron escaleras, rampas y óculos para que se colocasen los                   coros y los intérpretes de los personajes principales. Hubiera sido mejor que el viejísimo Emperador Altoum tuviera el trono en algún lugar alto para no bajar escalera. Fue interesante hacer del verdugo un acróbata de aspecto temible en el fondo de la escena y con luces sombrías. En dos aspectos el trabajo de D´Anna me pareció notable: el manejo de los coros y el tratamiento bien "commedia dell´arte" de Ping, Pang y Pong, esos ministros basados en Arlecchino, Truffaldino, Brighella, liderados por Ping (barítono), obsequiosos, cómicos y nostálgicos. Claro está que tuvieron a Fernando Grassi como Ping, nuestro mejor buffo, gran conocedor del estilo, pero los dos tenores muy jóvenes que lo acompañaron se plegaron muy hábilmente a esa manera: Josué Miranda (Pang) y Jerónimo Vargas Gómez (Pong). La dirección de escena de Timur y Liù fue la  tradicional, excepto que la tortura de Liù fue poco convincente. Y resultó muy estática la marcación de Turandot y Calaf, que casi no acusaron en sus gestos las alternativas de la acción. Me pareció un detalle innecesario el torso desnudo de la Mujer Ofrecida. Bueno en general el vestuario de María Jaunarena y cuidadosos los maquillajes y peinados, todos evocando esa China legendaria. La iluminación de Gonzalo Córdova fue adecuada, salvo la poco convincente transición entre la noche con enorme luna llena y esa alba cargada de malos presagios. Un detalle positivo y nuevo: al terminar el postludio después de la muerte de Liù apareció un cartel con la famosa frase de Toscanini en el estreno: "aquí termina la ópera". Durante dos minutos se vació el escenario hasta que sólo quedaron Calaf y Turandot, y un nuevo cartel anunció "final compuesto por Franco Alfano". Y de paso, soy de aquellos que defienden este final: me parece pucciniano y bien realizado (quizá los bosquejos que dejó Puccini eran bastante explícitos). 
Me impresionó el vozarrón de Marcelo Gómez, que hace unas semanas había cantado el tenor de "Le villi"; en su pasaje de la primera a la última ópera pucciniana el cantante mostró que su lenguaje le resulta afín y que tiene medios impactantes. Lo contrario  de un galán tipo Franco Corelli como presencia (voluminoso y calvo) y nulo como actor, su canto es expresivo y poderoso, a veces un poco forzado. "Nessun dorma" fue ovacionado. La Turandot de Cintia Velázquez me gustó más cuando Alfano presenta el otro lado de su personalidad, donde exhibió un timbre bello y un  fraseo grato, que cuando debió cantar "In questa reggia", con agudos algo gritados y con demasiado vibrato. Como Liù, Laura Polverini, en esta segunda etapa de una carrera en la que fue una notable Lucia,    ha perdido algo de belleza de timbre pero cantó con expresividad y actuó bien. Carlos Esquivel fue un Timur interpretado con experiencia y calidad. Felipe Cudina Begovic resultó algo duro en el fraseo de su Mandarín. Y Norberto Lara se acogió a la tradición del Altoum débil y senil.
Fue admirable el Coro de 16 niños preparado por Rosana Bravo: voces frescas y muy afinadas. Pero el artífice máximo fue Russo: no hay manera de que una orquesta de 36 suene como debe sonar una orquesta pucciniana, pero difícilmente se pueda lograr con ese número un mejor resultado que el obtenido por el veterano maestro, exacto en sus fraseos y en su concertación con la escena.  Es sin embargo para mí un misterio porqué hubo sólo 36 en el foso, ya que 10 más caben. Y me quedó la intriga de quién hizo la adaptación, como ocurrió con otros Puccini que se dieron en el Avenida (todas sus óperas requieren una orquesta amplia).  El coro, más grande (46 voces) respondió muy bien, yendo del pianissimo al fortissimo siempre con equilibrio y calidad.
Pero todo dicho, sigo creyendo que "Turandot" es para el Colón y no fue la mejor elección por parte de Juventus. Y me volvieron a la memoria esa dupla imbatible de Nilsson y Caballé en 1965, la dirección de Previtali, la fascinante puesta de Pöttgen y Walter, la Turandot de Dimitrova, la dirección de Santi y Rudel, y la puesta de Oswald de 1993 a 2006 (esta última en el Luna Park tras el cierre del Colón). 
Vale la pena recordar, finalizando este artículo, una idea valiosa de Tito Capobianco, que no pudo concretarse: dar "Turandot" en dos versiones: una con el final de Alfano, pero el segundo final más amplio, que no se escucha generalmente; y otra con el final de Luciano Berio. ¿Podrá  hacerse en el futuro?
Pablo Bardin

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